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¿QUÉ ES EL TROTSKISMO? ¿QUÉ SIGNIFICA SER TROTSKISTA HOY?
Posted by Nuestra publicación: on sábado, noviembre 15, 2014
12/11/2014, Dani, Socialismo Revolucionario. Estado Español
Socialismo Revolucionario y el Comité por una Internacional de los Trabajadores (CIT) son organizaciones trotskistas. Creemos que el conjunto de ideas y la defensa consecuente del marxismo que representa el trotskismo son imprescindibles. Pero, dicho esto, no sostenemos que la defensa de las ideas revolucionarias hoy en día sea exclusivamente “cosa de trotskos”. Como suele decirse, con mucha razón, en los movimientos actuales por el cambio social, las ideas y el contenido son más importantes que los lemas y las “etiquetas”.
Sin embargo, no somos de los que sostenemos que la historia y las teorías “del pasado” no son importantes. Todos los que luchamos para cambiar el mundo andamos por un camino en gran parte dibujado por generaciones pasadas de luchadores y pensadores revolucionarios. Entender esta historia, y sacar lecciones de los fracasos y victorias que la han caracterizado es fundamental. Aún más si tenemos en cuenta la experiencia del fallido modelo estalinista, el cual tenemos que poder explicar si pretendemos convencer a la mayoría sobre la necesidad de hacer una revolución socialista hoy. No pretendemos explicar el trotskismo en este breve artículo, sino aclarar algunos prejuicios sobre éste e invitar a un análisis más profundo de la cuestión.
La importancia de Trotsky
Lenin y (en menor medida) Trotsky son los dos dirigentes más destacados de la Revolución Rusa de Octubre. Mientras Lenin dirigió, durante décadas decisivas, el partido bolchevique que lideró la Revolución, Trotsky era el líder indiscutible de las masas proletarias de Petrogrado (ciudad más importante de la revolución, donde se encontraba el proletariado más significativo del país). Era presidente del “soviet” de Petrogrado, tanto durante la revolución fallida de 1905, como en la victoriosa revolución de Octubre de 1917, que consiguió derribar al capitalismo e instalar por primera vez en el mundo un sistema de democracia obrera, de gobierno desde abajo por los soviets (asambleas democráticas de trabajadores, campesinos y soldados).
Después de la revolución, fue un líder destacado del partido bolchevique (al que se afilió en el propio año 1917), y el encargado del gobierno soviético en política de guerra. Organizó y dirigió el Ejército Rojo, que consiguió defender al país de la reacción interna y la invasión de los ejércitos de 21 países imperialistas que intentaban anular la revolución. Fue el colaborador más cercano de Lenin, quien en su testimonio político dijo que Trotsky era sin duda el más capaz de la dirección comunista.
Después de la muerte de Lenin, Trotsky fue el principal líder de la oposición a la degeneración “estalinista” de la Revolución Rusa, defensor de la democracia soviética (asamblearia) frente al burocratismo dictatorial, y de la revolución internacional frente al nacionalismo del “socialismo en un solo país”.
La falsa dicotomía entre leninismo y trotskismo
Trotskismo y Leninismo no son en absoluto antagónicos. Sostenemos que el trotskismo es más bien un desarrollo de leninismo, una adaptación de éste a las nuevas condiciones después del fallecimiento de Lenin. En las cuestiones decisivas que se debatieron en la dirección bolchevique sobre de la revolución, Trotsky siempre coincidió con Lenin, muchas veces en oposición a Stalin y su camarilla. Contra Stalin, Lenin y Trotsky insistieron en la necesidad de no apoyar al gobierno provisional que reemplazó brevemente al zar pero que mantuvo intacto el sistema capitalista y continuó con la I Guerra Mundial, etc. También contra Stalin, Trotsky y Lenin defendieron la necesidad de la insurrección de Octubre (la toma de poder por los trabajadores).
La falsa dicotomía entre leninismo y trotskismo siempre ha sido una invención. Una vez que Stalin consiguió el poder, fue gradualmente borrando de la historia oficial el papel de Trotsky. Trotsky fue la víctima más destacada de esta campaña de falsificación y borrado de la historia, pero no la única ni mucho menos. A finales de los años 30, TODOS los miembros del Comité Central del partido que hizo la revolución, salvo el propio Stalin, estaban muertos, asesinados (por Stalin) o desaparecidos. La eliminación física de los hombres y mujeres del partido de Lenin fue la expresión más brutal de la eliminación de la política y los métodos de Lenin al frente del estado soviético.
¿El conflicto entre Trotsky y Stalin no era una pelea personal por el poder?
No, en absoluto. La Revolución Rusa se hizo para que el poder lo tuviera la clase trabajadora – y se ejerciera a través de los soviets – no para el poder una persona ni un partido. La lucha de Trotsky contra el estalinismo era para mantener vivo este espíritu de la revolución, y contra la política de quitar el poder a los soviets para concentrarlo en una burocracia privilegiada, liderada por Stalin.
Bajo el control de Stalin, los intereses de esta burocracia eran supremos, y su defensa llevó al movimiento comunista mundial a cometer errores con graves consecuencias para la lucha obrera en Rusia e internacionalmente. Mientras que para la Revolución Rusa, una ruptura con el aislamiento nacional y la expansión de la revolución al occidente era cuestión de vida o muerte, para la burocracia estalinista fue una molestia que pondría en peligro su posición social privilegiada.
Esta contradicción brutal tuvo una expresión trágica en varios países. En Alemania, por “diktat” de la burocracia rusa, los líderes comunistas de masas dejaron que Hitler llegara al poder sin ni siquiera resistir; y en España, la política estalinista durante la guerra civil pasó por desmantelar la revolución obrera y campesina contra el golpe franquista que se desarrolló en Catalunya y gran parte de España.
La Cuarta Internacional
Trotsky y sus seguidores organizaron primero una “oposición de izquierdas” en Rusia e internacionalmente (internamente en los partidos comunistas a nivel mundial), y después una “Cuarta Internacional” para mantener viva la idea de un internacionalismo revolucionario y una organización internacional que sirve como herramienta para la revolución mundial, en vez de un obstáculo en su camino. La Cuarta Internacional nació en circunstancias muy difíciles, y nunca llegó a ser una fuerza de masas. Hoy día, muchas organizaciones en los márgenes del movimiento obrero, se autoproclaman como esta Cuarta Internacional, pero ninguna lo es. Nuestra organización internacional, el CIT, la que más influencia y peso tiene de las llamadas “internacionales trotskistas”, no tiene tal pretensión. Por eso somos un Comité POR una Internacional de los Trabajadores. Para nosotros la tarea de construir un nuevo movimiento mundial de masas para la revolución socialista está todavía por hacer.
La teoría de la Revolución Permanente
Mediante esta teoría, Trotsky predijo el carácter anticapitalista y socialista de la Revolución Rusa. Dicha teoría sigue vigente hoy y es aplicable a la lucha de todos los pueblos oprimidos. Sostiene que las tareas “democráticas” - asociadas con las “revoluciones burguesas” - que quedan por hacer en países donde el capitalismo no se ha desarrollado plenamente, no pueden ser resueltas por éste. Muchos “marxistas” sostenían (y muchos lo hacen todavía, lamentablemente) que luchar por el socialismo era algo que solo se podría contemplar en un país cuando la “democracia capitalista” estaba plenamente instalada.
Trotsky explicó que la clase capitalista de estos países era fundamentalmente débil e incapaz de completar las tareas democráticas. Siempre pactarían con los zares y monarcas antes de entregar a la mayoría trabajadora las libertades que podrían utilizar para echarlos. Así que la única fuerza social capaz de garantizar los derechos democráticos, acabar con las monarquías, el latifundismo y la opresión nacional de los pueblos es la clase obrera, que por supuesto no se contenta con la resolución de estos problemas en un marco capitalista, sino que los resuelve en el marco de una lucha para acabar con la explotación capitalista, haciendo la revolución socialista.
El trotskismo hoy
Ser trotskista es defender el método de pensamiento explicado anteriormente, y adaptarlo a la realidad actual. En la línea de la lucha de Trotsky contra el estalinismo y por la democracia obrera, significa defender una alternativa socialista al capitalismo de un tipo radicalmente democrático, basado no solo en la expropiación de la propiedad de la burguesía, sino en la gestión democrática directa de la economía por la mayoría social.
Significa entender que el socialismo genuino, basado en la abundancia, solo se puede conseguir acabando con el capitalismo a nivel internacional, y actuar en consecuencia, coordinando las luchas obreras y sociales por encima de las fronteras, y organizándose internacionalmente como partido mundial de la revolución socialista.
En relación con la Revolución Permanente, significa entender que acabar con el régimen del 78, la opresión nacional, la monarquía y la casta política corrupta supone necesariamente abordar una lucha para acabar con el capitalismo e instalar una alternativa socialista democrática.
La lucha por una moral proletaria y revolucionaria
Posted by Nuestra publicación: on martes, junio 17, 2014
Carlos Ilich
En 1938, Trotsky escribió el pequeño folleto Su moral y la nuestra, donde explica que no hay una moral universalmente válida, porque la moral es producto del desarrollo social y tiene un carácter de clase. La clase dominante impone a la sociedad sus fines y clasifica como "inmorales" los medios que contradicen esos fines. Trotsky no tenía ninguna concepción mística de la moral. Para él, los problemas de la moral revolucionaria se confunden con los problemas de estrategia y táctica revolucionarias. Por eso, él consideraba imposible la tarea de construir un partido revolucionario sin una moral que sea totalmente independiente de la moral burguesa. La independencia de clase es indisociable de la construcción de una moral independiente de la burguesía, de una moral proletaria. La época que vivimos es la época de la decadencia capitalista, de una moral podrida, donde lo que prima es el "Todo vale ", la moral decadente de la burguesía, de los aparatos y burócratas sindicales que, para destruir la independencia de la clase, tuvieron que, al mismo tiempo, destruir la moral proletaria.
Hoy, millones de trabajadores jóvenes en el mundo entran por primera vez en un lugar de trabajo. Cuando se encuentran frente a una huelga, lo que oyen de la burocracia sindical es que deben ser "democráticos", que todo el mundo tiene que tener sus derechos: quien quiere trabajar, trabaja, quien que no quiere, no trabaja. Y las leyes explican que la huelga, para ser "democrática", tiene que garantizar un mínimo de personal trabajando. Esos jóvenes que comienzan a trabajar se deparan con esa ideologia, que es la moral burguesa dominante y que destruye la solidaridad entre los trabajadores y la independencia de clase.
Por eso es necesario recuperar la moral proletaria, la moral de clase, en un combate cotidiano contra la moral burguesa, la moral decadente, que penetra por todos los poros en el seno de la clase trabajadora. Es preciso recuperar la solidaridad de clase, que debe expresarse en la vida cotidiana de los trabajadores y que es tan importante como forma de defenderse de los ataques de la patronal, recuperar la moral proletaria como parte indisoluble de la construcción de una organización independiente de la clase trabajadora como instrumento de lucha contra el capitalismo y por una sociedad socialista. Es una batalla estratégica y táctica por la reconstrucción de esa moral proletaria que la burguesía, el reformismo y los aparatos sindicales destruyeron a lo largo de los años. No hay unidad posible de la clase obrera, no hay independencia posible de la clase sin esa reconstrucción, sin la lucha contra la moral de los aparatos, que es una moral lumpen, la moral de los privilegios, de la degeneración entre los dirigentes sindicales, que venden su mandato a la patronal, mostrando con eso que "cada uno tiene su precio". Ese tipo de moral es nefasta para los trabajadores.
Es urgente, por lo tanto, recuperar la moral proletaria para que la clase pueda reencontrar el camino de su organización independiente. Mas eso sólo no basta. Es preciso recuperar también la moral partidaria y revolucionaria. Porque la decadencia de la sociedad capitalista presiona a las organizaciones de izquierda, que acaban practicando una moral burguesa, degradada, que se manifiesta en todo tipo de actos de corrupción, fraudes y maniobras desleales que nada tienen que ver con una moral revolucionaria. Este proceso es tan grave que hoy vemos a organizaciones de izquierda que se reivindican marxistas, , aceptando dinero de la burguesía para elegir sus candidatos y llegarr al parlamento.
Recuperar la moral partidaria y revolucionaria significa enfrentar estos métodos, identificarlos y combatirlos cotidianamente. Significa enfrentar y combatir el machismo y todo tipo de discriminación y opresión contra las mujeres, los negros o los homosexuales dentro del partido revolucionario. Porque el partido es un instrumento que lucha para derribar a la burguesia y, para eso, precisa tener una moral superior, una disciplina de hierro, basada en la máxima confianza y solidaridad entre todos. Sin esa moral, es imposible construir un movimiento revolucionario que consiga ir hasta el fin en la lucha contra la burguesía.
En 1938, Trotsky escribió el pequeño folleto Su moral y la nuestra, donde explica que no hay una moral universalmente válida, porque la moral es producto del desarrollo social y tiene un carácter de clase. La clase dominante impone a la sociedad sus fines y clasifica como "inmorales" los medios que contradicen esos fines. Trotsky no tenía ninguna concepción mística de la moral. Para él, los problemas de la moral revolucionaria se confunden con los problemas de estrategia y táctica revolucionarias. Por eso, él consideraba imposible la tarea de construir un partido revolucionario sin una moral que sea totalmente independiente de la moral burguesa. La independencia de clase es indisociable de la construcción de una moral independiente de la burguesía, de una moral proletaria. La época que vivimos es la época de la decadencia capitalista, de una moral podrida, donde lo que prima es el "Todo vale ", la moral decadente de la burguesía, de los aparatos y burócratas sindicales que, para destruir la independencia de la clase, tuvieron que, al mismo tiempo, destruir la moral proletaria.
Hoy, millones de trabajadores jóvenes en el mundo entran por primera vez en un lugar de trabajo. Cuando se encuentran frente a una huelga, lo que oyen de la burocracia sindical es que deben ser "democráticos", que todo el mundo tiene que tener sus derechos: quien quiere trabajar, trabaja, quien que no quiere, no trabaja. Y las leyes explican que la huelga, para ser "democrática", tiene que garantizar un mínimo de personal trabajando. Esos jóvenes que comienzan a trabajar se deparan con esa ideologia, que es la moral burguesa dominante y que destruye la solidaridad entre los trabajadores y la independencia de clase.
Por eso es necesario recuperar la moral proletaria, la moral de clase, en un combate cotidiano contra la moral burguesa, la moral decadente, que penetra por todos los poros en el seno de la clase trabajadora. Es preciso recuperar la solidaridad de clase, que debe expresarse en la vida cotidiana de los trabajadores y que es tan importante como forma de defenderse de los ataques de la patronal, recuperar la moral proletaria como parte indisoluble de la construcción de una organización independiente de la clase trabajadora como instrumento de lucha contra el capitalismo y por una sociedad socialista. Es una batalla estratégica y táctica por la reconstrucción de esa moral proletaria que la burguesía, el reformismo y los aparatos sindicales destruyeron a lo largo de los años. No hay unidad posible de la clase obrera, no hay independencia posible de la clase sin esa reconstrucción, sin la lucha contra la moral de los aparatos, que es una moral lumpen, la moral de los privilegios, de la degeneración entre los dirigentes sindicales, que venden su mandato a la patronal, mostrando con eso que "cada uno tiene su precio". Ese tipo de moral es nefasta para los trabajadores.
Es urgente, por lo tanto, recuperar la moral proletaria para que la clase pueda reencontrar el camino de su organización independiente. Mas eso sólo no basta. Es preciso recuperar también la moral partidaria y revolucionaria. Porque la decadencia de la sociedad capitalista presiona a las organizaciones de izquierda, que acaban practicando una moral burguesa, degradada, que se manifiesta en todo tipo de actos de corrupción, fraudes y maniobras desleales que nada tienen que ver con una moral revolucionaria. Este proceso es tan grave que hoy vemos a organizaciones de izquierda que se reivindican marxistas, , aceptando dinero de la burguesía para elegir sus candidatos y llegarr al parlamento.
Recuperar la moral partidaria y revolucionaria significa enfrentar estos métodos, identificarlos y combatirlos cotidianamente. Significa enfrentar y combatir el machismo y todo tipo de discriminación y opresión contra las mujeres, los negros o los homosexuales dentro del partido revolucionario. Porque el partido es un instrumento que lucha para derribar a la burguesia y, para eso, precisa tener una moral superior, una disciplina de hierro, basada en la máxima confianza y solidaridad entre todos. Sin esa moral, es imposible construir un movimiento revolucionario que consiga ir hasta el fin en la lucha contra la burguesía.

CARLOS MARX (Breve esbozo biográfico, con una exposición del marxismo) por Vladimir I. Lenin
Posted by Nuestra publicación: on martes, mayo 06, 2014
Carlos Marx nació el 5 de mayo (según el nuevo calendario) de 1818 en Tréveris (ciudad de la Prusia renana). Su padre era un abogado judío, convertido en 1824 al protestantismo. La familia de Marx era una familia acomodada, culta, pero no revolucionaria. Después de terminar en Tréveris sus estudios de bachillerato, Marx se inscribió en la universidad, primero en la de Bonn y luego en la de Berlín, estudiando jurisprudencia y, sobre todo, historia y filosofía. En 1841 terminó sus estudios universitarios, presentando una tesis sobre la filosofía de Epicuro. Por sus concepciones, Marx era entonces todavía un idealista hegeliano. En Berlín se adhirió al círculo de los "hegelianos de izquierda" (Bruno Bauer y otros), que se esforzaban por extraer de la filosofía de Hegel conclusiones ateas y revolucionarias.
Terminados sus estudios universitarios, Marx se trasladó a Bonn con la intención de hacerse profesor. Pero la política reaccionaria del gobierno, que en 1832 había despojado de su cátedra a Ludwig Feuerbach, que en 1836 le había negado nuevamente la entrada en la universidad y que en 1841 privó al joven profesor Bruno Bauer del derecho a enseñar en Bonn, obligó a Marx a renunciar a la carrera docente. En aquella época, las ideas de los hegelianos de izquierda progresaban rápidamente en Alemania. Ludwig Feuerbach, sobre todo desde 1836, comenzó a someter a crítica la teología y a orientarse hacia el materialismo, que en 1841 (La esencia del cristianismo ) se impone ya definitivamente en su pensamiento; en 1843 ven la luz sus Principios de la filosofía del porvenir. "Hay que haber vivido la influencia liberadora" de estos libros, escribía Engels años más tarde refiriéndose a esas obras de Feuerbach. "Nosotros [es decir, los hegelianos de izquierda, entre ellos Marx] nos hicimos en el acto feuerbachianos."[2] Por aquel tiempo, los burgueses radicales renanos, que tenían ciertos puntos de contacto con los hegelianos de izquierda, fundaron en Colonia un periódico de oposición, la Gaceta del Rin (cuyo primer número salió el 1 de enero de 1842). Marx y Bruno Bauer fueron invitados como principales colaboradores; en octubre de 1842 Marx fue nombrado redactor jefe del periódico y se trasladó de Bonn a Colonia. La tendencia democrática revolucionaria del periódico fue acentuándose bajo la jefatura de redacción de Marx, y el gobierno lo sometió primero a una doble censura y luego a una triple, hasta que decidió más tarde suprimirlo totalmente a partir del 1 de enero de 1843. Marx se vio obligado a abandonar su puesto de redactor jefe en esa fecha, sin que su salida lograse tampoco salvar al periódico, que fue clausurado en marzo de 1843. Entre los artículos más importantes publicados por Marx en la Gaceta del Rin, Engels menciona, además de los que citamos más adelante (véase la Bibliografía ) el que se refiere a la situación de los campesinos viticultores del valle del Mosela. Como su labor periodística le había demostrado que conocía insuficientemente la economía política, Marx se dedicó afanosamente al estudio de esta ciencia.
http://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/carlos_marx/carlosmarx.htm
Charla: Sergio Grez - Historia del movimiento obrero y popular en el Chile decimonónico.
Posted by Nuestra publicación: on lunes, abril 21, 2014
La constitución de la clase obrera chilena y de sus organizaciones.
Posted by Nuestra publicación: on miércoles, abril 16, 2014
Pablo
Nyns[1]
Traducción
Patricio Guzmán S.
“La división
internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar
y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina,
fue precoz: se especializó en perder (…)”[2].
Así comienza Las venas abiertas de América Latina que explica como este
continente ha sido sistemáticamente saqueado durante siglos. Este pillaje
también tuvo lugar en Chile, cuyos recursos fueron saqueados al servicio del
imperialismo norteamericano y europeo. El reporte de una comisión gubernamental
chilena de 1902 mostró que 97,7% de las exportaciones chilenas eran destinadas
a Europa o Estados Unidos.[3]
A principios de los años 1890, la dependencia
comercial de Chile respecto a Inglaterra era más importante que aquella de la
India. Entre dos tercios[4]
y tres cuartos de sus exportaciones se dirigían hacia la metrópolis británica.[5]
Los capitalistas ingleses poseían el transporte marítimo y ferroviario, así
como el sistema financiero. De esta manera, Chile sufrió un desarrollo desigual
respecto a la metrópolis británica que dominaba su economía y la dirigía a su
conveniencia. Sin embargo este desarrollo también sería combinado. En efecto,
el capital británico fue invertido masivamente para aumentar la producción y
los medios de comunicación. De esta manera, al momento de su independencia en
1810, después de 250 años de colonización española, Chile era un país
principalmente agrario[6],
pero la penetración del capital británico desarrollará una industria importante
principalmente minera. Esto conducirá a la rápida constitución de una clase
obrera numerosa y concentrada. La población chilena pasa a ser mayoritariamente
urbana desde 1927.[7]
[1] Historiador Belga. Este artículo
originalmente escrito en francés es parte del libro “LES CORDONES INDUSTRIALES
AU CHILI DE 1972 – 1973”.
[2] E. Galeano. Las venas abiertas de
América Latina. Siglo XXI, 2003.
[3] L. Vitale. Interpretación marxista
de la Historia de Chile. Barcelona. Editorial Fontamara, 1980, Tomo V, p.16.
[4] C.Cassassus Montero. Travail et
travailleurs au Chili, Paris. Editions La decouverte, 1984, p.13.
[5] E. Galeano, Las venas abiertas, op. cit.
P. 197.
[6] C. Cassassus Montero. Travail
et travailleurs, op. cit., p.12.
[7] J. Magasich. “Les mouvements
sociaux au Chili (1967 – 1973)”, en J. Magasich (dir.), Actes du colloque
international : Chili, pays laboratoire, Bruxelles, Edition: Maison de l’Amerique
Latine SEUL ASBL, 1998, p 40.
LEER MAS...
http://testimonio-cronica.blogspot.com/2014/04/la-constitucion-de-la-clase-obrera.html
Las estatuas de Lenin son sus obras
Posted by Nuestra publicación: on jueves, diciembre 26, 2013
Pepe Gutierrez Alvarez
Kaos en la Red
La medida de Lenin no son sus estatuas, ni mucho menos. Sus medidas son su lucha y su obra, todo lo polémica que se quiera. Los que las instalaron querían ante todo, apropiárselo para los fines de la camarilla que se había apoderado del aparato.
Desde que los trabajadores húngaros derribaron en 1956 la estatua de Stalin, como antaño los romanos hicieron con las del no menos megalómano Nerón, muchas revueltas han buscado con este gesto su foto para la posteridad. Con ocasión del destrozo a martillazo de la de Lenin en Kiev erigida en 1946, algunas de ellas han sido recordadas estos días Por ejemplo, la del bolchevique polaco Dzerzhinsky en Moscú (1991), patrón de la GPU, un monstruo que creció contra la reacción pero que acabó cobrando vida propia; la de Enver Hoxa, por las mismas fechas, pero sobre todo, la de Sadam Hussein, un burdo montaje de los ocupantes…El sentido último de ésta tampoco está muy claro aunque se dice que se trata de un gesto simbólico dirigido al presidente filoruso Víctor Yanukóvich.
Las estatuas de Lenin se levantaron después de su muerte. Así fue a pesar de sus ácidas advertencias. Son célebres las escritas en el prólogo a El Estado y la revolución, que muchos consideraron una obra “anarquista”, quizás porque fue escrita antes de la guerra civil, cuando Lenin se paseaba entre la gente trabajadora como un alcalde de pueblo, según cuenta Dora Russell en sus Memorias. Lenin denunció la “icononización” de los grandes revolucionarios, refiriéndose singularmente a lo que la socialdemocracia había acabado haciendo con Marx. Sin embargo, el ”leninismo” acabó convertido por la burocracia en doctrina de Estado y Lenin fue objeto de un culto claramente religioso. Ulteriormente, las estatuas se reprodujeron en todos los países del “socialismo real”, y la destruida en Kiev, fue levantada en 1946, para celebrar el X Aniversario de la “constitución más democrática del mundo”, la de Stalin, que, por sí alguien lo ha olvidado, anulaba la de 1918. Quedan todavía algunas en una área cercana (78 en Rusia, 7 en Ucrania), cuya suerte es dudosa desde el momento en que resulta simple confundir a Lenin con sus herederos. No estará de más anotar que Lenin tiene un museo en Finlandia, y es recordado en plazas y calles sin problemas.
Gonzalo Aragonés, el cronista en Ucrania de La Vanguardia de Barcelona (Por un trozo de Lenin,10/12/13), señala que, para millones de ciudadanos de los antiguos países llamados socialistas, “Lenin siempre ha tenido un halo de respeto por ser el hacedor de la revolución y el fundador de un nuevo país. Nada que ver con sus sucesor…”. También recogía la matizada opinión de Anatoli Tsetán, ferroviario jubilado: “Él fue un gran héroe de la revolución. Yo no soy comunista, soy demócrata. Tiene un gran simbolismo para nosotros, pero me parece bien que la tirasen. Superaremos la nostalgia, pero tenemos que pensar en el futuro para que Ucrania pueda compararse al país de usted, a Francia, a Alemania”. Sin embargo, no parece que esto sea menos utópico que el socialismo.
Aquí no queremos entrar en las múltiples intencionalidades de los manifestantes. Todo parece indicar que se trata de escoger entre la peste y el cólera y que, por lo tanto, la situación para el pueblo de izquierdas debe de ser todavía más difícil que la nuestra.
Otra cosa es lo de la estatua.
Algo así no se puede explicar sin saber algo sobre lo que significó el “socialismo real”. Un amigo bien advertido y muy dado a viajar por la Europa del Este, me contaba el recelo que en esta parte de Europa provocan las palabras ligadas al socialismo. Se trata de un sentimiento que solamente se puede explicar por lo que se llegó a hacer y decir en nombre del socialismo, o sea de una alternativa que tenía ser opuesta a la reaccionaria. No menos ilustrativa fue una aventura protagonizada por militantes comunistas “prosoviéticos” (entonces en ruptura con el eurocomunismo), allá a principios de los años ochenta. Se presentaron en El diario de Barcelona porque querían que los entrevistáramos. La noticia era que marchaban a Polonia, a su núcleo proletario y llevaban con ellos materiales “leninistas” para los trabajadores, sin duda engañados. Les dije que la entrevista estaría mejor a la vuelta. Como pasó el tiempo y no volvían, inquirí a un amigo común que me contó sus desventuras: habían tenido que salir por piernas. Los trabajadores lo habían confundidos con provocadores de la policía del régimen.
A los que no nos sorprendían estas actitudes, tampoco nos extrañaron tanto las fotos de las estatuas de Lenin destruidas en las plazas o vendidas al por mayor, aunque compartíamos los mismos sentimientos que expresó Theo Angelopoulus en La mirada de Ulises (Grecia, 1995), de visión obligada para todo el personal que tuvimos a Lenin en nuestro partenón revolucionario.
Me resulta extraño comprobar qué no pocos leninistas de antaño, nada sospechosos de haber cambiado de barricada, se hayan mostrado tan reacios al fundador del partido bolchevique. Cito un poco al azar algunos ejemplos: un amigo editor que, al tratar de una edición de Lenin a mediados de los noventa, me respondió que el único Lenin editable era el agonizante; en una charla de Paco Fernández Buey, éste proclamó –provocadoramente– que los únicos clásicos terceristas recuperables eran Gramci y Rosa Luxemburgo, o sea, los que no habían llegado al poder. Finalmente, el comentario de un camarada afín que, en un debate sobre la cuestión nacional, declaraba que este era el único (o uno de los pocos no recuerdo bien) puntos recuperables de su legado…
Aquí cabría citar las voces que desde la izquierda oponen un Lenin “autoritario” (o “totalitario”, que en esto de los conceptos algunas escuelas son muy alegres) a una Rosa Luxemburgo (más) “libertaria”.
Este antagonismo no tiene en cuenta los paralelismos entre una y otro. Mientras Rosa contempló la cuestión organizativa del partido desde su oposición a la “nomenclatura” del SPD (en Polonia, Leo Jogiches fue tan “rígido” como Lenin), Lenin lo hizo desde el acoso de la Ojrana y en unas condiciones sociales muy atrasadas. Pero se olvida que ambos criticaron duramente el revisionismo, defendieron la huelga general y los soviets, fueron igualmente internacionalistas durante la I Guerra Mundial; Rosa apoyó la revolución de Octubre, perteneció a la III Internacional y apoyó la creación de un partido comunista en Alemania. En aquellos tiempos las divergencias formaban parte del orden natural y, aunque empleaban un lenguaje nada amable, se respetaron muchísimo. Sin ánimo de parecer petulante, creo que el personal que trata de negar a Lenin desde Rosa debería consultar autores como Georges Haupt o E.H. Carr, por citar un par de ejemplos /1.
Cuesta aceptar la pendiente denigratoria neoliberal, que ha proclamado que Lenin no merece perdón, mientras que toda clase de renegados citan a Lenin junto con Stalin y Hitler, mientras que pasan de puntillas sobre la barbarie colonial e imperialista, de los genocidios perpetrados en nombre de la libertad.
El nuevo anticomunismo neoliberal no ha aportada nada nuevo sobre los hechos. Ya se sabía perfectamente que Lenin estimó que la salud de la revolución era la ley suprema. Desde este punto de vista apoyó actuaciones que se pueden considerar extremas como el exterminio de la familia Romanov. No lo hizo por el “pecado original” de un presunto odio contra los zares por la ejecución de su hermano, Alejandro, como dictaminó el último Evgeni Evtuchenko; lo hizo porque los Romanov podían servir de bandera unificadora para los ejércitos blancos divididos. Sobre este punto existen trabajos tan sugestivos como el artículo de Isaac Deutscher, La moral de Lenin /2, un autor que ya había trabajado este terreno, dejando claros puntos como los siguientes: a) Los bolcheviques temían ser aplastados como lo fueron los comuneros; además fueron testigos de la barbarie de la “Gran Guerra” y no dudaron es responder al fuego con fuego; b) estas acusaciones no son nada diferentes a las ya clásicas utilizadas contra Cromwell, que tardó varios siglos en ser reconocido; y no digamos contra Robespierre, al que se le niega hasta una calle en París; o entre nosotros, a la descalificación de la actuación de la CNT-FAI y del POUM en relación a la República, muy común en autores pro republicanos, como Ángel Viñas o Paul Preston, sin ir más lejos.
También es verdad que la historiografía ha podido establecer con claridad, que el “monstruo” de la burocracia no creció con la muerte de Lenin, aunque éste fue su último obstáculo importante. Aparte de las precondiciones objetivas (recordemos que los bolcheviques justificaban la toma del Palacio de Invierno como el inicio de una revolución internacional), la gangrena policial ya se había forjado contra los blancos durante la guerra civil. Entonces, los bolcheviques no vieron más allá del dilema vencer o morir. Así, por citar el ejemplo trágico de Kronstatd (cuyas consecuencias en las relaciones del marxismo con el anarquismo serían “eternas”), el peso de la GPU estaba por encima del PCUS. Fue el aparato policial el que marcó que no había nada que negociar con los insurrectos.
Afortunadamente, este debate sobre Lenin ya no se puede hacer como en las tres últimas décadas, y la medida la ofrecen autores como Robert Service, tan dispuesto a destronar a Carr y Deutscher de los anaqueles; o Dimitr Volkógonov, un militar soviético que sirvió por igual a Breznev que a Gorbatchev y, finalmente, a Yeltsin /3. En justa réplica, Moshe Lewin en El siglo soviético (Editorial Crítica, Barcelona, 2006) se burlaba de la presunción archivera, según la cual la apertura documental que siguió a laGlasnost, permitía saber lo que antes se ignoraba. El general que escribía siguiendo las órdenes del último ocupante del Kremlin, presumía de haber desenterrado 3.724 notas firmadas por el propio Lenin, más 3.000 documentos inéditos de los archivos del PCUS, et voilá!, ¿Qué más se podía pedir? Con avales como estos, el canon parecía ya fuera de toda duda. Así lo certificaba el historiador y “barón” del PSOE, Santos Juliá, para quien esto probaba que Lenin había sido el “cerebro” que creó un régimen que ya nació con vocación de crear el Gulag.
Entre los aportes leninianos más recientes (o sea con acceso a todos los archivos), cabe citar el Lenin de Jean-Jacques Marie (Ed. POSI, Madrid), el de Jean Salem, Lenin y la revolución (Ed. Península, Barcelona, 2010), sin olvidar el trabajo exhaustivo de un representante de la vieja escuela, Tony Clift, autor de Lenin: La construcción del partido (Ed. Viejo Topo /La Hiedra) En una onda reivindicativa cabe señalar el imprescindible Lenin reactivado. Hacia una política de la verdad, una edición de Slavoj Žižek, Sebastián Budgen y Stathis Kouvelaki, que incorpora trabajos de Alex Callinicos, Daniel Bensaïd y otros; lo editó Akal que antes lo había hecho con otra aportación de Slavoj Žižek, Repetir Lenin (Madrid, 2004). En un terreno más divulgativo se encuentra Lenin. El revolucionario que no sabía demasiado, de Constantino Bértol, que ha publicado la Catarata. Sin olvidar el libro de François Sabado, Lenin. Breve manual para romper con el capitalismo (Crítica Alternativa, 2012).
Quizás sean estas las mejores estatuas que se pueden erigir a Lenin.
19/12/2013
Notas
/1 Carr ha dedicado diversos perfiles tanto a Lenin como a Rosa (por ejemplo, en 1917: antes y después), pero, seguramente el historiador que más ha trabajado sobre las conexiones entre ellos, ha sido Georges Haupt, del que recomiendo recuperar, El historiador y el movimiento social (Siglo XXI, Madrid, 1986).
/2 Artículo originalmente publicado en The Listener, el 5 de febrero de 1959, incluido en Ironías de de la historia, Ed. Península, Barcelona, 1969. Se encuentra fácilmente en Internet.
/3 El verdadero Lenin, editado por Anaya & Mario Muchnik, 1996, con un prólogo de Manuel Vázquez Montalbán
Engels y la construcción de nuevos partidos de la clase trabajadora
Posted by Nuestra publicación: on viernes, noviembre 22, 2013
Incorporar la
lógica de la transición en la construcción del Partido de Trabajadores.
Patricio Guzmán
S.
Nos contamos
entre los convencidos de es necesario construir un partido de la clase
trabajadora, para llevar adelante transformaciones revolucionarias en la
sociedad. Pero la construcción de una fuerza política real, de un poder
alternativo al de las clases dominantes, con peso en la balanza social, es un
tema complejo y son necesarios acuerdos serios, sin los cuales las etapas
iníciales de un tránsito difícil y muchas veces frustrante, puede terminar en
nada por fuerzas centrifugas. En nuestra historia, de los últimos 40 años, se
acumulan muchos “falsos comienzos” que han terminado abortados. Problemas que
desde luego no se reducen a declaraciones de principios, y tampoco a un
programa bien elaborado y discutido colectivamente.
En la vieja
socialdemocracia europea, aquella que mantenía una práctica reformista y
gradualista junto con el horizonte normativo, la utopía del socialismo que finalmente,
y de manera inevitable llegaría, la misma que colapso enfrentada a la primera
guerra mundial, había un programa mínimo de reformas por las que luchaba en el
día a día, en los sindicatos, en las organizaciones sociales de todo tipo que
construía en la clase obrera, en el trabajo de sus grupos parlamentarios, y el
programa máximo de la revolución socialista, que recordaba en los grandes días
de fiesta del partido y de la clase, pero no existía ningún puente que uniera
de manera consistente ambos programas, ambas practicas.
Durante la
revolución rusa, los socialdemócratas revolucionarios, que después pasaron a
llamarse comunistas, construyeron ese puente. Un programa, y una batería de
consignas, que a las grandes masas parecía la respuesta creíble y necesaria a
las condiciones en que estaban, como el control por los trabajadores de la
producción, la apertura de la contabilidad de las empresas, y la reorganización
política con la democracia directa de los trabajadores y campesinos en los
consejos, que a partir de órganos de lucha de frente único, pasaron
progresivamente a convertirse en los órganos de un poder dual, desde el cual
los trabajadores podían ejercer su dictadura contra la dictadura del capital. [1]
Pero al mismo
tiempo, un programa que impedía el normal funcionamiento del capitalismo, y por
lo mismo llevaba hacia medidas socialistas. En este sentido, es que sin olvidar
los momentos de pasaje revolucionarios de un estado de cosas a otro, la
revolución es un proceso.
Como
consecuencia de la restauración capitalista, provocada por la burocracia
estalinista en la URSS, Europa del Este, y China, hubo desde fines de los años
80 una reacción capitalista, que provocó en la mayoría de los países la
destrucción de los partidos de masa en los que la clase trabajadora reconocía
su representación, y en general un debilitamiento de las organizaciones de
izquierda.
Muchos de los
antiguos partidos de masas de trabajadores, desde el reformismo más o menos
colaboracionista con el sistema, pasaron directamente a la defensa del nuevo
orden global capitalista. Este ha sido el caso en Chile con los partidos
socialista y comunista, incorporados a la administración del gobierno, es decir
de los “negocios de la burguesía”.
En cierta
medida volvimos cerca del punto de partida. No tenemos los partidos de masas
que existieron en nuestra historia, ni las grandes corrientes minoritarias que
les disputaban la conducción por la izquierda. Con la falta de representación
política de la clase trabajadora, la proliferación de grupos sectarios, de
caudillos iluminados, y de confusión
programática. En este sentido, las cartas de Engels que reproducimos son de una
gran actualidad, salvando las distancias históricas, y con las limitaciones que
toda analogía tiene. No hay mejor camino, nos recuerda Engels para lograr una
clara comprensión teórica que aprender de los propios errores en la experiencia
propia, y para una clase entera y grande no hay otro camino.
Los retornos a
situaciones similares al del pasado, siempre incorporan las lecciones y
experiencias anteriores tal como han sido elaboradas en la memoria colectiva. En
nuestro país, la derrota y los traumas del 73, y de los oscuros años de la
dictadura que siguieron. Los procesos de exclusión y frustración que
acompañaron la transición pactada, y el fin de los partidos de trabajadores
reformistas de masas, y también del grueso de las organizaciones
revolucionarias. La experiencia odiosa de los regímenes estalinistas, a la vez
totalitaria y colaboracionista con el imperialismo, y su influencia en los
partidos comunistas y de izquierda en general, que desprestigiaron la idea
socialista en grandes segmentos de la población, y descompusieron y
desmoralizaron dos o tres generaciones de militantes, pero también nuestras
victorias, las aspiraciones y luchas por la justicia social que son lugares de
nuestra historia, forman parte de la realidad de la conciencia que tenemos que
tomar en cuenta, en la construcción de una nueva dirección política.
Hacer política
revolucionaria sobre falsedades…
Cuando nos
dirigimos hacia nuestra clase, cuyo instrumento político aspiramos a construir,
tenemos que partir siempre de las necesidades de la gente, de las necesidades individuales
y colectivas como grupo social, pero también del estado de la conciencia, y de
las formas de la sociabilidad, hoy muy atrasadas respecto a las tareas a
cumplir. Entre lo uno y lo otro necesitamos incorporar la lógica de la
transición en la construcción del partido.
A Florence Kelley-Wischnewetzky
En Nueva York
Londres, 28 de diciembre de 1886
Mi prefacio[*] tratará enteramente, como es lógico, de los inmensos éxitos logrados por los obreros norteamericanos en los 10 meses últimos y, desde luego, se referirá también a Henry George y a su programa agrario. Sin embargo, no puede pretender a una exposición circunstanciada del problema; además, no creo que haya llegado la hora de hacerlo. Es mucho más importante que el movimiento se extienda, que progrese regularmente, que arraigue y abarque en lo posible a todo el proletariado norteamericano, a fin de que arranque y progrese desde el comienzo sobre una base correcta y teóricamente perfecta. No hay mejor camino para lograr una clara comprensión teórica que el de durch Schaden klug werden [aprender en los errores propios], en la amarga experiencia propia. Y para una clase entera y grande no existe otro camino, sobre todo en una nación tan eminentemente práctica, que desprecia tanto la teoría, como los norteamericanos. Lo importante es llevar a la clase obrera a que se ponga en movimiento como clase; una vez logrado eso, no tardará en hallar el camino seguro, y quien se le oponga, H. G. o Powderly, será echado tranquilamente por la borda con sus pequeñas sectas. Por eso veo también en los K. of L.[1] un factor muy importante en el movimiento, al que no se debe vilipendiar desde fuera, sino revolucionarlo desde dentro. A mi juicio, muchos alemanes que viven en Norteamérica han cometido un grave error cuando, al verse cara a cara con el poderoso y glorioso movimiento fundado sin su participación, intentaron convertir su teoría importada y no siempre entendida correctamente, en algo así como un alleinse ligmachendes Dogma [un dogma que lo salva todo] y se mantuvieron apartados de todo movimiento que no aceptaba ese dogma. Nuestra teoría no es un dogma, sino la exposición de un proceso de evolución que comprende varias fases consecutivas. Esperar que los norteamericanos emprendan el movimiento con plena conciencia de la teoría formada en los países industriales más antiguos es esperar lo imposible. Los alemanes debían haber procedido de acuerdo con su propia teoría, si la comprendieron como nosotros la entendimos en 1845-1848, debían haber participado en todo movimiento obrero verdaderamente general, aceptando el punto de partida faktische [de hecho] de la clase obrera y elevándola gradualmente al nivel de la teoría, señalando que cada error cometido, cada revés era consecuencia inevitable de los errores de orden teórico en el programa original. Debían, como lo dice el Manifiesto del Partido Comunista, in der Gegenwart der Bewegung die Zukunft der Bewegung zu repräsentieren [defender dentro del movimiento actual el porvenir de ese movimiento][**]. Pero, antes que nada, dejen que el movimiento se consolide, no aumenten la confusión inevitable en los primeros tiempos, imponiendo a las gentes cosas que no pueden en el momento presente valorar como es debido, pero que lo aprenderán bien pronto. Un millón o dos millones de votos obreros en noviembre del año próximo por un partido de obreros bona fide tiene un valor infinitamente mayor en el presente que cien millones de votos por una plataforma doctrinalmente perfecta. La primera tentativa seria de unir a las masas a escala nacional --pronto habrá que emprenderla, caso de que el movimiento progrese-- los pondrá a todos cara a cara: los adeptos de Georges, los de los K. of L., los tradeunionistas, etc. Y si nuestros amigos alemanes aprenden bastante el idioma del país hacia entonces para tomar parte en las discusiones, será pues el momento oportuno para que critiquen los puntos de vista de los demás y, una vez probado lo insostenible de las distintas posturas, para que lleven a los obreros a la comprensión de su posición actual, posición creada por la relación entre el capital y el trabajo asalariado. Pero yo consideraría gran error todo lo que pudiese retardar o impedir esta consolidación nacional del partido obrero --sobre no importa qué plataforma-- y, por tanto, no pienso que haya llegado ya el momento para exponer enteramente y a fondo la actitud, tanto respecto de Henry George, como de los "Knights of Labor".
___________________________
NOTAS
[*] F. Engels, El movimiento obrero en Norteamérica. Prefacio a la edición norteamericana de «La situación de la clase obrera en Inglaterra». (N. de la Edit.)
*
[**] Véase la presente edición [C. Marx & F. Engels, Obras Escogidas, en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1974], t. 1, pág. 139. (N. de la Edit.)
[**] Véase la presente edición [C. Marx & F. Engels, Obras Escogidas, en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1974], t. 1, pág. 139. (N. de la Edit.)
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[1] Knights of Labor («Orden de los caballeros de trabajo»): organización de los obreros norteamericanos fundada en 1869 en Filadelfia; tenía hasta 1878 un carácter de una sociedad secreta; la Orden agrupaba principalmente a los obreros no calificados, incluidos los negros; se planteaba la creación de cooperativas y la organización de ayuda mutua. La dirección de la Orden negaba, en esencia, la participación de los obreros en la lucha política y propugnaba la colaboración de clases; en 1886, la dirección de la Orden se opuso a la huelga nacional, prohibiendo a sus miembros la participación en ella; a pesar de ello, los miembros de filas de la Orden tomaron parte en la huelga, después de lo cual la Orden comenzó a perder influencia entre la masa obrera, disgregándose a fines de la década del 90.
[1] Knights of Labor («Orden de los caballeros de trabajo»): organización de los obreros norteamericanos fundada en 1869 en Filadelfia; tenía hasta 1878 un carácter de una sociedad secreta; la Orden agrupaba principalmente a los obreros no calificados, incluidos los negros; se planteaba la creación de cooperativas y la organización de ayuda mutua. La dirección de la Orden negaba, en esencia, la participación de los obreros en la lucha política y propugnaba la colaboración de clases; en 1886, la dirección de la Orden se opuso a la huelga nacional, prohibiendo a sus miembros la participación en ella; a pesar de ello, los miembros de filas de la Orden tomaron parte en la huelga, después de lo cual la Orden comenzó a perder influencia entre la masa obrera, disgregándose a fines de la década del 90.
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Fuente: C. Marx & F. Engels, Obras Escogidas, en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1974, t. III, págs. 508-510, 568.Digitalización: Juan Rafael Fajardo, para el Marxists Internet Archive, marzo de 2001
Fuente: C. Marx & F. Engels, Obras Escogidas, en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1974, t. III, págs. 508-510, 568.Digitalización: Juan Rafael Fajardo, para el Marxists Internet Archive, marzo de 2001
A Florence Kelley-Wischnewetzky
27 de enero de 1887
CREO que el movimiento norteamericano,
precisamente en este momento, se ve mejor desde el otro lado del océano. En el
lugar, las rencillas personales y disputas locales deben oscurecer gran parte
de su grandeza. Y lo único que realmente podría retardar su marcha sería que se
consolidasen esas diferencias. En cierta medida esto será inevitable, pero
cuanto menos ocurra tanto mejor. Y los alemanes son quienes más deben
precaverse contra esto. Nuestra teoría es una teoría de desarrollo, no un dogma
a aprender de memoria y a repetir mecánicamente. Cuanto menos se les machaque a
los norteamericanos desde afuera y cuanto más la pongan a prueba con su propia
experiencia —con ayuda de los alemanes— tanto más profundamente se incorporará
a su carne y su sangre. Cuando nosotros volvimos a Alemania en la primavera de
1848, nos unimos al Partido Democrático por ser este el único medio posible de
llegar a la clase obrera; fuimos el ala más avanzada de ese partido, pero al
fin y al cabo un ala. Cuando Marx fundó la Internacional, redactó las reglas
generales de manera que pudieran ingresar todos los socialistas obreros de esa
época: proudhonistas, lerouxistas e incluso el sector más avanzado de las trade
unions inglesas; y fue sólo gracias a esta amplitud que la Internacional llegó
a ser lo que fue: el medio para disolver y absorber gradualmente a todas estas
sectas secundarias, con excepción de los anarquistas, cuya repentina aparición
en varios países no fue sino el efecto de la violenta reacción burguesa que
sucedió a la Comuna y que por ello podíamos dejar que se marchitasen solos,
como ocurrió. Si de 1864 a 1873 hubiéramos insistido en trabajar sólo con
quienes adoptan ampliamente nuestra plataforma, ¿dónde estaríamos hoy? Creo que
toda nuestra experiencia ha mostrado que es posible trabajar junto con el
movimiento general de la clase obrera en cada una de sus etapas sin ceder u
ocultar nuestra propia posición e incluso nuestra organización, y temo que si
los germanoamericanos eligen una línea distinta cometerán un grave error.
[1]
Lo cual no tiene nada que ver con una dictadura de estado totalitaria de
un sector separado de las masas trabajadoras privadas de sus derechos
democráticos
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