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La experiencia alemana: la victoria del nazismo

Posted by Nuestra publicación: on viernes, octubre 09, 2015


El mayor desastre de la Internacional Comunista (IC)

FERNANDO CLAUDÍN



claudin



                                                Apartado La experiencia alemana del Capítulo 4 de La crisis del movimiento comunista. Primera edición 1970 en Ruedo Ibérico, París. 

”Entre las secciones de la IC en los países capitalistas, el primer puesto ha pertenecido y pertenece al Partido Comunista alemán. Es el mejor organizado, el más fuerte numéricamente. Ha echado profundas raíces en la clase obrera y tiene detrás de él a las grandes masas”. (1)

Tal era la opinión de los jefes de la Komintern en 1930, cuando el Partido Comunista alemán [PCA] contaba con 124 000 miembros y cuatro millones y medio de electores. Desde entonces hasta la subida de Hitler al poder sus fuerzas progresan constantemente. A finales de 1932 tiene 360 000 miembros y seis millones de electores, que sumados a los de la socialdemocracia rebasan en millón y medio los electores del partido nazi. La influencia de éste había comenzado visiblemente a descender en los últimos meses de 1932 (2). Pero en enero de 1933, Hindenburg entrega el poder a los nazis. En marzo, Hitler disuelve por decreto el Partido Comunista, confisca sus bienes, ocupa sus locales, expulsa del parlamento a sus cien diputados y comienza el encarcelamiento masivo de sus miembros. Poco después hace lo mismo con el Partido Socialdemócrata. La clase obrera no ofrece resistencia. El partido modelo de la IC desaparece de la escena histórica como fuerza política efectiva. Es el mayor desastre de la historia de la Internacional Comunista, el de consecuencias más graves y duraderas sobre el curso ulterior del movimiento revolucionario en Europa.

1. Piatnitski, jefe de la sección de cuadros de la IC. Citado por Branko Lazitch, en Les partis communistes d’Europe, Les Iles d’Or, París, 1956, p. 162.

http://testimonio-cronica.blogspot.cl/2015/10/la-experiencia-alemana-la-victoria-del.html

Willi Münzenberg, padre del antifascismo y uno de los socialistas revolucionarios más diligentes, inteligentes y trágicos del siglo XX

Posted by Nuestra publicación: on viernes, octubre 09, 2015

En el 125 aniversario de Willi Münzenberg, padre del antifascismo y uno de los socialistas revolucionarios más diligentes, inteligentes y trágicos del siglo XX


Werner Abel 

Editado por la Unión General de Organizaciones Anticomunistas Alemanas (GVDAV, por sus siglas en alemán), vulgarmente conocida como “Antikomintern”, apareció en 1936 en Berlín una voluminosa obra que no llegó a ponerse a la venta en las librerías. Llevaba por titulo El bolchevismo mundial, y firmaba como compilador Adolf Ehrt en su calidad de presidente de la GVDAV. El libro, destinado exclusivamente a cargos oficiales, se las daba de serio. Los autores de las distintas contribuciones, que Ehrt se afanó en que llegaran procedentes de todos los rincones de la Tierra, parecían analistas bien informados del bolchevismo. ¿Pero conocían de verdad el movimiento comunista internacional?
Enormemente magnificada aparecía en el libro la figura de Willi Münzenberg, nacido en Erfurt el 14 de agosto de 1889: no hay funcionario de la KPD (partido comunista alemán) al que se atribuya una influencia mayor. Ya en la página 19 se le llama –algo particularmente repulsivo para los nazis— “forjador del frente único antifascista”. Y sigue: el Socorro Obrero Rojo Internacional por él fundado (por encargo de Lenin) habría sido “la más importante organización frentista para la ejecución de “las más tenebrosas actividades criminales de Moscú”; laArbeiter Illustrierte Zeitung [Diario obrero ilustrado, AIZ], el medio para el extravío espiritual de los obreros alemanes; la aparición en las ilustraciones de sus páginas de hombres y mujeres de color, una afrenta a la lucha por la pureza de la raza, etc.
Es verdad: Münzenberg fue una de las personalidades más extraordinarias del comunismo alemán e internacional. No tuvo seguramente igual a la hora de levantar organizaciones, fundar editoriales, editar diarios y revistas de un alcance que todavía hoy resulta asombroso, forjar alianzas con personas de muy distintas convicciones: infatigable, dinámico, siempre un paso por delante de su tiempo. Ningún político comunista llegó a reconocer como él la relevancia de los nuevos medios, del cine, de la fotografía, para la agitación y la propaganda. Por eso buscó a los mejores en esos ámbitos, y puso a disposición de ellos sus editoriales. Se percató cabalmente de la importancia de la propaganda como arma, un arma que luego trataría de afilar perversamente su archienemigo Goebbels.
A Goebbels le habría gustado mucho dar caza y ver en manos de los nazis al “propagador de odio Münzenberg”. Pero éste, que a duras penas logró evitar la detención, actuaba sin descanso, como siempre. No bien exilado, compró una editorial, trasladó al extranjero a sus equipos de producción de libros y a las redacciones de sus revistas, organizó campañas y congresos contra el terror nazi y, sobre todo, montó un contraproceso paralelo al proceso del incendio del Reichstag. Con los dos “libros pardos” sobre el terror nazi produjo los dos escritos más efectivos del exilio alemán. Los nazis llegaron a sospechar que él financiaba a todo el exilio literario alemán. Absurdo, ni que decir tiene, pero en 1934 podía presentar a la dirección de la KPD un balance del que sentirse orgulloso: el Contraataque, la respuesta directa a Goebbels, aparecía en una edición de 25.000 ejemplares, y la AIZ llegaba a alcanzar una tirada de 60.000. Los “libros pardos” se habían traducido a muchas lenguas extranjeras, y libros como La red parda resultaban visiblemente dañinos para la actividad nazi en el exterior.
Dirigente de éxito, es decir, alguien que había sido capaz de sacar las debidas consecuencias de la catastrófica derrota de la KPD en 1933, alguien, así pues, del que la KPD tenía que sentirse orgullosa: eso podía parecer. ¡Grave error! Cuando la Antikomintern elevó a Münzenberg a la categoría de gigante bolchevique, hacía tiempo que sus propios camaradas habían decidido liquidarle. Sus empresas fueron sometidas a escrutinio, no fuera que alguno de sus escritores hubiera llegado a entrar alguna vez en contacto con algún trotskista. Indiscreciones arteramente propagadas comenzaron a abrir una brecha entre él y los posibles aliados y socios del mundo burgués con los que Münzenberg había entrado en tratos para construir un Frente Popular contra Hitler. Los rumores sobre su destitución comenzaron a circular, a fin de debilitar su posición. En 1936, Kurt Hiller le preguntó en Moscú a Johannes R. Becher: “¿Es verdad que Münzenberg está totalmente acabado y se ha fugado a México?”.
Entre el sinnúmero de cartas que Münzenberg –también bajo el pseudónimo “Herfurt”— envió a la dirección de la Komintern en Moscú con propuestas de ideas siempre nuevas e informando de éxitos, se encuentran cada vez más pasos de autojustificación y amargura. Como un jovenzuelo, se veía obligado a responder al reproche de haber celebrado una Nochevieja con los antiguos capitostes de la KPD (ahora proscritos) Ruth Fischer y Arkadi Maslow. Ello es que por pura casualidad había coincidido con ambos en la noche de fin de año en casa del hermano de Ruth Fischer, [el compositor comunista] Hanns Eisler, con quien Münzenberg tenía que hablar de una publicación en curso. Pues nada, según la dirección de la KPD, Münzenberg no podía tomar en el futuro ninguna decisión sin consultar previamente con el Politbüro. Ironía de la historia: uno de los que participaban en las reuniones del Politbüro y que espiaba la vida cotidiana de Münzenberg era “Moritz”, el responsable de defensa de la KPD en la sección occidental. Pero “Moritz”, de nombre civil Hubert von Ranke, sobrino nieto del famoso historiador Leopold von Ranke, rompió con la KPD a fines de 1937, es decir, ¡mucho antes que Münzenberg! Antes, empero, “Moritz” se había ocupado en España de que personas que habían colaborado con Münzenberg o escritores por él editados (como, por ejemplo, Alfred Kantorowicz, Gustav Regler, Egon Erwin Kisch, Bodo Uhse, Arthur Koestler, Maria Osten etc.) cayeran bajo la sospecha de ser “trotskistas”. 
El 18 de mayo de 1936, Münzenberg escribía a Togliatti en Moscú: “Yo ya no entiendo el mundo… Cuando a trueque de un buen trabajo lo que se obtienen son reproches, lo que tengo que hacer es dejar de trabajar. Lo que no puedo es hacer un mal trabajo”.
En vez de servirse de la plétora de ideas y del talento organizativo de este hombre –y de las instituciones y organizaciones por él creadas— para la lucha antifascista, lo que se hizo fue destruir todo paso a paso. Y lo que desde luego nada de eso contribuía precisamente a generar era confianza entre los necesarios aliados en la lucha contra Hitler. Si Münzenberg no hubiera sido como era, habría dimitido. No hizo caso de las conminaciones a ir a Moscú: bien sabía él que eso habría significado su final físico. Sus violaciones de la disciplina ya sólo podían coronarse con una salida del Partido. Cuando luego el Partido lo expulsó, ya había creado una nueva editorial y nuevas revistas. Los amigos y los compañeros se quedaron con él. Salvo uno, Otto Katz. El otrora estrecho colaborador trabajaba para el servicio secreto soviético y se distanció del amigo. Stalin no se lo agradeció: en 1953, Katz fue ejecutado en Praga.
La expulsión de la KPD se justificó con el “trotskismo” de Münzenberg. Un funcionario escribió a Moscú hablando de una conexión directa con Trotsky, Himmler y Hitler. Pero el único dirigente comunista que llegó cerrar un acuerdo de amistad con Hitler fue Stalin. No con satisfacción, sino con desesperación, escribía Münzenberg el 22 de septiembre de 1939 en la revista Die Zukunft (El futuro): “¡El traidor, Stalin, eres tú!”.
Su muerte en el bosque de Montagne, cerca de Saint-Marcellin, en el departamento francés de Isère, sigue siendo un misterio. ¿Asesinato o suicidio? Ojala en alguno de los próximos aniversarios de su nacimiento lleguemos a saber más. Y por cierto: Adolf Ehrt, mencionado al comienzo, murió en 1977 de muerte natural. Hasta su jubilación, trabajó en el servicio de inteligencia de la República Federal de Alemania.
Werner Abel es un historiador del movimiento obrero, columnista habitual del diario socialista berlinés Neues Deutschland.
Traducción para www.sinpermiso.info: Antoni Domènech
Fuente:
Neues Deutschland, 15 agosto 2014

Yliá Ehrenburg, verdades y mentiras de unas memorias necesarias

Posted by Nuestra publicación: on sábado, mayo 24, 2014

Kaos en la Red  por Pepe Gutiérrez-Álvarez
Domingo, 11 de Mayo de 2014 
Yliá Ehrenburg, verdades y mentiras de unas memorias necesarias
Acantilado acaba de editar la edición completa y definitiva de la Gente, años, vida (1891-1967), de Yliá Ehrenburg, un volumen de 1060 páginas traducidas por Marta Rebon, lo que es de por sí una garantía.
Décadas después de una edición censurada, de otros tiempos en los que fue editado con cierta asiduidad, el que fue controvertidos escritor, periodista y figura destacada de la vida cultural y política de la URSS regresa a las librerías por la puerta grande.
Entre todos los escritores de su tiempo,  Yliá Ehrenburg Kiev (1891 - Moscú, 1967) fue el único que sobrevivió a Stalin. Su último libro editado aquí fue  el terrible El libro negro, escrito junto con su amigo Vasili Grossman,  en colaboración con terceros,
Periodista, ensayista, novelista, enamorado de España, cinéfilo, Ehrenburg se adaptó a cada una de las fases de la historia soviética.  Partidario de la revolución de Octubre, luego no tuvo problemas en alinearse con el ejército blanco.
Hijo de un ingeniero, su familia, de origen judío, se trasladó a Moscú cuando él era todavía un adolescente al que la participación en actividades subversivas y, en particular, en los acontecimientos revolucionarios de 1905, había de acarrear una detención por la policía zarista en 1907 y su posterior exilio a París.  Allí, entre 1908 y 1917, se relacionó con los emigrados revolucionarios rusos y publicó sus primeros poemas, de tendencia simbolista; a partir de 1913 empezó a colaborar con varios periódicos rusos, y regresó a su país en 1917, tras el triunfo de la Revolución de Octubre, asumiendo abiertamente las ideas del comunismo. Participó directamente en la guerra civil en Ucrania, y en parte por ello, los sentimientos encontrados de fascinación y de rechazo que le inspiró el bolchevismo determinaron que marchara de nuevo a París en 1921 como corresponsal de la prensa soviética.
Siempre oscilante, consideró la Nueva Política Económica o NEP, realizadas por el gobierno soviético para paliar los desajustes provocados por la "economía de guerra", que toleraron el mantenimiento transitorio de formas económicas de tipo capitalista, fueron consideradas por Ehrenburg como un triunfo de la ruindad y estrechez de miras de la pequeña burguesía; en El aprovechado (1925) y El callejón Protochni (1927) contrapuso esa victoria del espíritu mezquino a los grandes ideales revolucionarios del socialismo. Regresó de nuevo a la Unión Soviética en 1924 y, durante unos años, participó en las actividades de los círculos literarios de Moscú.
Novelista criticado en su país, en 1932 aceptó ser corresponsal del Izvestia en París, convirtiéndose en un relevante periodista oficial que describía a Stalin como “un capitán que permanece junto al timón. con el viento de costado, mirando la oscuridad profunda de la noche con un enorme peso sobre sus hombros”.
Comprometido en la lucha antifascista, vivió como periodista la guerra civil española (Corresponsal en España, Aquello que ocurre al hombre y España, República de trabajadores) y la ocupación de París por las tropas alemanas (1940); esta última experiencia dio pie a su novela La caída de París (1942), galardonada con el Premio Stalin, en la que analizó las causas políticas y militares de la derrota francesa.
A su regreso a la URSS, después de la primavera de 1937 que tan intensamente vivió en España, notó que todo había cambiado, que el ambiente era irrespirable. La desaparición de su querido Koltsov, las purgas, las persecuciones. Que le tocara a él, el menos apegado al estalinismo de los rusos que habían estado en España, era solo cuestión de tiempo ya que buena parte de los “españoles” fueron cayendo en las sucesivas purgas, eso a pesar de que tanto Koltzov como Ehrenburg justificaron todo lo injustificable. Defendieron ls “procesos de Moscú”  y el exterminio de los “trotskistas”. Ehrenburg incluso hizo acto de presencia en el ignominioso juciio contra Bujerin que durante mucho tiempo su amigo y “protector”.
Dije al principio que el motivo exacto por el que Koltsov fue procesado y ejecutado sigue siendo un misterio. También lo es el motivo por el que Ehrenburg sobrevivió. Pero no por ello, al tiempo que recuperamos a Koltsov, debemos condenarle al ostracismo.
Aún siendo un testigo, Ehrenburg sobrevivió. Pablo Neruda sugiere en sus memorias lo siguiente: “Cuando arreciaba la campaña en contra del cosmopolitismo, cuando los secretarios de ‘cuello duro’ pedían la cabeza de Ehrenburg, sonó el teléfono una mañana en la casa del autor de Julio Jurenito. Atendió Luba. Una voz vagamente desconocida preguntó: ‘¿Está Ilya Grigorievich?’. ‘Eso depende –contestó Luba– ¿quién es usted?’. ‘Aquí Stalin’, dijo la voz. ‘Ilya, un bromista para ti’, dijo Luba a Ehrenburg. Pero una vez al teléfono, el escritor reconoció la voz de Stalin, tan oída de todos: ‘He pasado la noche leyendo su libro La caída de París. Lo llamaba para decirle que siga usted escribiendo libros tan interesantes como ese, querido Ilya Grigorievich’. Tal vez esa inesperada llamada hizo posible la larga vida del gran Ehrenburg.
La actividad periodística de Ehrenburg durante la guerra germano-soviética le dio gran popularidad en la URSS; sus artículos de esa época fueron recogidos en tres volúmenes con el título de La guerra (1942-1944). Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, Ehrenburg adaptó su producción literaria a las exigencias del estalinismo, publicando La tempestad (1947) -que mereció un segundo premio Stalin- y La novena ola (1951).
Gente, años, vida  son unas memorias escritas al final de su vida y que ahora llegan, por primera vez íntegras a los lectores españoles que  español, son un documento de primer orden para conocer aspectos fundamentales de la convulsa historia del siglo XX. Aunque incómodas para el régimen soviético (hasta 1990 no fueron editadas enteras y sin censura), no dejan de ser los recuerdos de alguien que, en su relación con los más relevantes intelectuales europeos, intentó atraerlos a la propaganda del comunismo.
Y, a su vez, fueron también, como recuerda Nadiezhda Mandelstam, “el único de sus libros que desempeñó un papel positivo en su país”, porque -afirma- abrió los ojos a una minoritaria intelligentsia. En sus seis volúmenes de memorias, Gentes, años, vida (1961-1965), tras la muerte de Stalin, actuó a favor de la rehabilitación de los intelectuales condenados por el régimen soviético, llevando a cabo una incesante campaña en pro de rehabilitar en la Unión soviética el arte occidental, desde el impresionismo y el cubismo hasta la poesía y el cine, así como las personalidades de los intelectuales y artistas que habían sido víctimas de las purgas estalinistas (I. Babel, O. Mandelstam, M. Tsvetaieva, M. Volochine, V. Meyerhold, etc.).
Durante los años 30, ehrenbourg se acomodó a las nuevas tendencias de la literatura soviética. Denvtoroy(1933) fue su contribución al culto del Primer Plan quinquenal. Durante la Guerra Civil española actuó como corresponsal de guerra para Izvestiya. Se estable­ció definitivamente en Rusia poco después de la invasión alemana. Durante la guerra completó su novela Padeniye Parizha (1942; La caída de París,  Ed. Problemas) conla que ganó un Premio Stalin, y se dedi­có al periodismo y a la propaganda antina­zi. Volvió a la novela con Burya (1947, La tempestad, ), que ob­tuvo otro  Premio  Stalin  y Devyatyy  val (1951; tr. Isabel Vicente, La novena ola, B. A., ídem, 1955); ambas son novelones que explotan la campaña violentamente antinorteamericana propio de aquellos años.
Desde la muerte de Stalin, Ehrenburg fi­guró en la vanguardia de la liberalización. Su novela Ottepel (Ed. Mateu, Barcelona, 1961, presentada como “La novela más premiada de la URSS), puede que sea superficial, pero fue la primera obra que mencionó en su propio país las iniquidades del estalinismo y dio nombre a una nuevatendencia en la literatura  y en la política soviética: el deshielo, adoptado luego por todo el mundo. Sin embargo, en la época de Breznev, Ehrenburg fue objeto de la censura oficial, aunque siguió disfrutando de una posición relevante en los círculos literarios hasta su muerte.
También destacaron sus ensayos críticos, recogidos en Chejov, Stendhal y otros ensayos, argumen­tos en pro de una mayor libertad para el artista soviético. Sus memorias apareció entres volúmenes  Hombres, años, vida  (tengo una edición de 1962 de Joaquín Mortiz, México, 1962),  Un es­critor en la Revolución (Ed. Mateu, Barcelona, 1965): Años turbulentos (Tercer Libro de memorias, idem., 1965)
En ninguna de ellas se dice nada de la traducción, por lo demás fueron pasadas por las tijeras de la censura franquista. Pero en su momento des­empeñaron un papel importante en dar a co­nocer a la nueva generación de la Rusia soviética la historia y la cultura europeas de este siglo a una generación que no se podía creer que “Rusia era culpable”
Otras obras suyas son Sobraniye sochineniy (9 vols.,   1962-7); La callejuela de Moscú, prólogo Ramón Gómez de la Serna (Ulises, Madrid, 1930); España, República de trabajadores (editada por la mítica Cénit, Madrid,  1932; B., Grijalbo, 1976); Fábrica de sue­ños (Cénit, 1932; Akal, 1972); Rapaz, tr. del fran­cés Julio Gómez de la Serna  Dédalo, 1931); La vida agitada de Lásik Roitschwantz (B., Muchnik, 1978);  Antología  de cuentistas soviéticos (B.,Ahr, 1968). T. K. Trifonova, /. E. (Moscú, 1952). Otras obras del autor, dignas de mención, son Y sin embargo se mueve, Fábrica de sueños, El segundo día de la creación, y La conspiración de los iguales, dedicada a Gracus Babeuf y la izquierda radical de la revolución francesa

Escritos de León Trotsky sobre Ucrania

Posted by Nuestra publicación: on martes, marzo 11, 2014

CUADERNOS DE EL SOCIALISTA CENTROAMERICANO

Escritos de León Trotsky sobre Ucrania

  • Este Cuaderno contiene varios escritos de León Trotsky (1879-1940) sobre el problema de la opresión nacional de Ucrania. Estos escritos fueron publicados antes del estallido de la segunda guerra mundial.

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  • http://elsoca.org/index.php/publicaciones/cuadernos-de-el-socialista-centroamericano/3258-cuaderno-sobre-el-problema-nacional-en-ucrania

El Octubre (1927) de Eisenstein y el papel de Trotsky

Posted by Nuestra publicación: on miércoles, febrero 26, 2014
El Octubre (1927) de Eisenstein y el papel de Trotsky
El Octubre (1927) de Eisenstein es la película más importante jamás producida sobre 1917. Lo que mucha gente no sabe es que resultó censurada personalmente por Stalin que ya no aceptaba la obra de John Reed que acabaría siendo prohibida.
El Octubre (1927) de Eisenstein es la película más importante jamás producida sobre 1917. Lo que mucha gente no sabe es que resultó censurada personalmente por Stalin que ya no aceptaba la obra de John Reed que acabaría siendo prohibida.
Con la revolución el cine soviético interrumpe la producción de películas basadas en argumentos patrióticos e históricos, las adaptaciones literarias y los folletines de la época zarista. La revalorización y el impulso de los documentales y noticiarios van a cambiar las fórmulas creativas, con ideas y métodos nuevos. Junto con las escuelas de vanguardia promovidas por Vertov, el FEKS y Kulechov, están las aportaciones de los grandes maestros como Eisenstein, Pudovkin y Dovjenko…
Los líderes bolcheviques tenían una idea sobre la capacidad cultural y educativa del cine, tan precisa como la que tuvo la Iglesia católica que se introdujo inmediatamente en el medio, incluso creó sus propias productoras. Esta conciencia la expresará Lenin, al declarar “De todas las artes el cine es para nosotros la más importante.” En primer lugar, y sobre todo, Lenin quería decir que el cine debería proporcionar al nuevo régimen revolucionario su arma más efectiva de agitación, propaganda y educación. Era lo más parecido a la “enorme palanca” que Trotsky reclamaba mientras contemplaba una pelea entre los propios portuarios de Cádiz, donde, allá a finales de 1916, estaba a punto de embarcarse para los Estados Unidos. A pesar de las enormes dificultades materiales –Rusia no tenía ninguno de los elementos que permitían el cinematógrafo, lo tenía que comprar todo-, la revolución no tardó en producir sus propias películas, una hornada mítica de aportaciones fruto del encuentro entre las vanguardias artísticas y la revolución, entre los que destacan tres que pueden ser quizás las más representativas: El acorazado Potemkin, La madre y El hombre de la cámara.
El fermento experimental que siguió a la revolución de octubre de 1917 llevó a la Unión Soviética a la vanguardia artística del cine mundial en la década de los 20. Sin embargo, a finales de 1927 sucedió algo que podía parecer ajeno al cine pero que no lo era: el ascenso de Stalin en la cúpula de una dirección que mandaba en un partido que, a su vez, era el que sostenía el Estado. Fue en Octubre de 1927 que tuvieron lugar las últimas manifestaciones permitidas de una oposición que seguía representado el partido de la revolución. Se había cumplido diez años desde aquel Octubre en el tuvo lugar la toma del Palacio de Invierno, y hacía tiempo que se venían rodando varias películas para celebrar el evento, siendo la más importante Octubre (1927), de Serguei M. Eisenstein, en la que, tal como se venía contando en todas las historias de 1917 hasta entonces, Trotsky tenía el papel más importante junto con Lenin.
El resultado es conocido por todo el mundo, Eisenstein realizó una película, discutible por muchos conceptos, pero que se erigió, sin la más mínima duda, en la más importante y también la mejor de todas cuantas se han realizado sobre la revolución de 1917 hasta el presente. Este Octubre contenía una triple virtud: --1) abordar un hecho histórico confiriéndole un carácter mítico que sedujo a varias generaciones (muy significativas en este sentido son las notas del diario de André Gide, evocando una visión que influyó notablemente en su evolución hacia el ideal comunista); --2) ser en sí misma un hecho histórico que trasciende su carácter fílmico, y --3) ser un reflejo histórico de un momento muy preciso: el ascenso en solitario de Stalin como líder providencial. Conviene observar que el testimonio de John Reed (el mejor que se haya hecho sobre cualquier revolución) fue el escogido para representar el acto fundacional del Estado soviético. Hasta entonces no se había efectuado ninguna rectificación de su famoso libro Diez días que conmovieron el mundo, que no por casualidad fue rigurosamente prohibido bajo Stalin, y permitido desde Jruschev con unas anotaciones que casi desmentían la verdad del texto. A la hora de elaborar el guión, como en el rodaje, nadie se cuestiona el papel protagonista del acontecimiento por parte de Trotsky, y la relevancia de otros personajes como Grigory Zinóviev o Antonov-Ovseenko, quien será finalmente el único de los artífices de que --con la excepción de Sverdlov, fallecido en 1922--, permanecen por unos momentos en el montaje final, en tanto que Trotsky queda reducido a un gesto negativo, se opone al planteamiento de Lenin en el punto de la insurrección aunque automáticamente vota a favor. Tampoco se le ocurrió entonces a nadie incluir a Stalin entre los protagonistas, no constaba salvo en un par de alusiones, como su nombramiento en tanto que Comisario de las Nacionalidades. Ulteriormente, ya no habrá ninguna otra película soviética –y por supuesto, pintura o libro de historia-- sobre los acontecimientos, que no lo coloquen a Stalin al lado de Lenin, o por encima de éste. Mientras que se está haciendo la película, Trotsky, que había desistido en utilizar el Ejército que había creado a su favor, ya había sido condenado (1924) por "desviación pequeño burguesa", y destituido de sus cargos militares (1925).
El 27 de diciembre de 1927, Trotsky será expulsado del partido, luego desterrado a Alma-Ata, hasta el destierro final (1929). Cuando se estaba celebrando el desfile oficial del aniversario, Trotsky y la oposición de izquierdas son fervorosamente aplaudidos desde el público próximo al “podium” de Stalin. Según el codirector de la película, Grigory A. Aleksandrov, fue el propio Stalin en persona el que visitó los laboratorios para indicar los cortes relacionados con Trotsky, y uno que mostraba a Lenin bajo "enfoque insatisfactorio". Al final, de propio 49.000 metros de cinta se utilizaron solamente 2.800. Esta reducción provocó un radical desequilibrio en el montaje que, además, tuvo que hacerse con toda premura. En un artículo sobre la cuestión, Ángel Fernández Santos se interroga sobre la cuestión en los términos siguientes; …
Adonde están los restos, si es que no han sido quemados, de la hora larga que Stalin mandó amputar de Octubre, dejando a la genial película completamente desmedulada y coja. Y a continuación, sintetiza así su versión de lo que algunos considera el mayor ejemplo de censura (aunque peor hubiera sido sí Viridiana llega a desaparecer como pretendió Franco): Cuando en 1925-1926 Einsenstein rodó Octubre todavía León Trotsky era universalmente indiscutido como supremo estratega y conductor de la Revolución de Octubre de 1917 en San Petersburgo, pero año y medio después, cuando iba a estrenarse la película, Stalin ya había decidido borrarle del mapa de la historia de Rusia y ordenó arrancar de las bobinas, que abarcaban más de tres horas de metraje, cualquier huella de Trotsky. Más de una hora de genio cinematográfico se hizo así humo, invisible humo. Quedaron únicamente a salvo dos pequeñas hilachas, que se filtraron entre las prisas de la burocracia soviética por acabar con aquella vulneración de la verdad artística e histórica: se les escapó la inconfundible presencia de aquel hombre de gafitas estilo "quevedo" que hay junto a Lenin en la escena del retorno de éste de Finlandia hacerse cargo del mando de la sublevación de Petrogrado; y se le coló también el instante, casi visto y no visto, en que, entre un abrir y cerrar de puertas, se ve a un hombre joven de pelo negro encrespado, inclinado sobre una mesa, firmar y firmar frenéticamente orden tras orden en un despacho del instituto Smolny, cuartel general del líder del Octubre real, arrancado por Stalin del Octubre cinematográfico. Estas líneas pertenecen al artículo "El cine invisible" (Cinemanía nº 34, octubre 1998). Su autor, Ángel Fernández Santos publicó en uno de los primeros números de Ruedo Ibérico, un memorable trabajo sobre las ideas de Trotsky sobre el arte y la cultura en la que se ofrecía información sobre la corriente largocaballerista durante la Segunda República…
Por otro lado, resultan cuanto menos curiosos algunos comentarios políticos insertos sobre la película en trabajos de especialistas, como el de Augusto M. Torres en Videoteca básica del cine (Alianza Ed., Madrid, 1993), que compara el caso de la desaparición de Trotsky en el metraje con unas opiniones actuales "que conceden mayor importancia a Kerenski que a Lenin" (p. 418), algo absolutamente descabellado incluso desde el punto de vista reaccionario que busca de enfocar Octubre como una obra escrita por Lenin (vean sino cualquier documental reciente). O el de José Mª Caparrós, que en 100 películas sobre historia contemporánea (Alianza Ed., Madrid, 1997), hace sostener a Trotsky "que un régimen comunista en un solo país era una anomalía y que la revolución proletaria únicamente se salvaría cuando el mundo entero hubiera sido encaminado por esa vía" (p. 205), cuando sería mucho más preciso decir que la revolución rusa fue concebida como un "prologo" a la extensión de la revolución al menos en algunos de los países industrializados.
El lector interesado en mayores detalles sobre la película, los obtendrá en el trabajo de Esteve Riambau, "Octubre, un doble reflejo de la historia", incluido en La historia y el cine (Ed. Fontamara, 1983).

Estalinismo - Las dos vidas del asesino de Trotsky

Posted by Nuestra publicación: on martes, febrero 25, 2014
Mercader, el espía menos pensado


Investigación. El secreto cubrió siempre la figura de Ramón Mercader, el catalán reclutado por el estalinismo para matar a León Trotsky. La novelista Nuria Amat cuenta la parte sumergida de esa biografía, que culmina en Cuba.


Nuria Amat
Revista Ñ, Buenos Aires, 23-2-2014


Siempre supe que Ramón Mercader, responsable de haber dado muerte al recordado dirigente de la Revolución Rusa, León Trotsky, era para mí un asesino muy especial. En primer lugar, mi padre estaba emparentado con María Mercader, la esposa de Vittorio de Sica, y en lo que respecta a la familia, Ramón era poco menos que un demonio. Silencio sepulcral al respecto. Y, para añadir más misterio al enigma, la vida de Mercader ha sido uno de los más grandes secretos de la historia del comunismo soviético.

Elementos todos que, sumados, se convirtieron un buen día en tentación fulminante para una novelista entregada a descubrir intimidades, desvelar confidencias, atar cabos sueltos a personajes incómodos y poner sobre el tapete la luz reveladora de tanto misterio y manipulación política.

¿Cómo un joven catalán de veintisiete años, hijo de la burguesía barcelonesa, consiguió ser uno de los asesinos más conocidos y repulsados de la historia y con ello cambiar el curso de la misma? Para responder a fondo escribí una novela (Amor y guerra) y, posteriormente a su publicación, dediqué tres años más a una investigación sobre la verdadera personalidad del asesino, los motivos del crimen (ordenado, como es sabido, por Stalin) y el entramado de la importantísima red de espionaje soviético en la que Mercader llegó a ser considerado el agente más valorado.

LEER MAS...
http://testimonio-cronica.blogspot.com/2014/02/estalinismo-las-dos-vidas-del-asesino.html

Obras escogidas en Español de Pierre Broue

Posted by Nuestra publicación: on jueves, febrero 13, 2014


La siguiente es una selección de las principales obras del historiador y militante marxista revolucionario francés Pierre Broue, fallecido en 2005. La hemos tomados de la página del colectivo "Germinal - En Defensa del Marxismo".


1984: Treinta años después. El “Gran Hermano” está entre nosotros

Posted by Nuestra publicación: on sábado, febrero 08, 2014

por Pepe Gutiérrez-Álvarez
Sábado, 01 de Febrero de 2014 
 1984: Treinta años después. El “Gran Hermano” está entre nosotros
El pasado 30-01-14, la FAN inició unas nuevas Jornadas sobre Orwell. Durante cinco jueves alternos y en el marco de la Biblioteca Andreu Nin, varios especialistas ofrecerán varias aproximaciones sobre un autor que sigue vigente, quizás más actual que nunca.

En los primeros tiempos de la segunda guerra mundial, Orwell veía que todavía existía la posibilidad y la necesidad de una alternativa socialista al final de la guerra aunque sólo fuera en Inglaterra. Si bien se había comprometido en el combate, nunca dudó de que se tratara de una confla­gración entre lo menos malo y lo peor. Las componendas que siguieron a la guerra confirmaron a Orwell en la idea de que para los vencedores ninguna razón superaba a la raison d' Etat, y que esto significaba lo peor. La imposi­ción del modelo soviético --para Orwell, un auténtico antimodelo- en los países del Este a la manera estalinista y, sobre todo, la nueva firma de la arrogancia norteame­ricana que había lanzado una bomba atómica sobre un pueblo de color, le convencieron de que el porvenir de la humanidad no podía ser más terrible.
Las derrotas sufridas por las revoluciones le llevaron a desconfiar de la posibilidad de una alternativa frente a los bloques, y sólo vio un mundo en el que los poderosos se imponían sobre sus «propias clases inferiores» y sobre los pueblos empobrecidos de las colonias. Los bloques eran distintos en sus bases sociales pero la situación les obligaba a utilizar medidas convergentes, por lo que en lo funda­mental eran iguales. Previó un mundo dominado por un «equilibrio del terror» en el que no es difícil descubrir algo de lo que vino después: "El miedo inspirado por la bomba atómica y por otras armas futuras será tan grande que todo el mundo deberá de vigilar para que no sean empleadas. Ésta me parece la peor de las posibilidades. Significaría la división del mundo entre dos o tres grandes super-Estados, incapaces de dominarse mutuamente e imposibles de transformar por revueltas internas. Según todas las probabilidades, tendrán una estructura jerárquica en cada Estado, la psicología general requerida será mantenida por una " ruptura completa con el mundo exterior, y por una guerra de ondas permanente contra los Estados rivales. Las civilizaciones de este tipo pueden mantenerse estáticas durante miles de años. (1)
En diferente medida, estas previsiones llenas de pesimismo y angustia iban cobrando cuerpo desde tiempo atrás, y no faltan entre los especialistas orwellianos quienes encuentran sus primeros rastros en el ambiente opresivo y jerárquico de St. Cyprien donde comprendió que no podía ser él mismo, tal como era, sino alguien que debía esconder sus inclinaciones más naturales. Pero estas previsiones empezaron a hacerse realidad a su regreso de España donde la actuación de los liberales, los socialdemócratas y, sobre todo, de los estalinistas, le llevó a creer que aunque el fascismo es el peor de los enemigos, sus opositores estaban asumiendo parte de sus tendencias totalitarias. Las prime­ras líneas que traslucen esta preocupación se encuentran ya en su novela Subir a por aire y en algunos de sus escritos pacifistas, anteriores a lo que podíamos llamar su giro patriótico-revolucionario.
Empero, su preocupación por el totalitarismo se inten­sificó al final de la guerra. En una carta escrita en 1943 decía que el desarrollo del totalitarismo y del culto al máximo jefe puede prolongarse a pesar de una victoria contra el Eje. Veía el síntoma de esa nueva enfermedad más allá del nazi-fascismo e incluso del estalinismo que lo habían llevado, de distinta manera y con diferentes contenidos, hasta sus últimas consecuencias. Era una tendencia general que se manifestaba por el expolio de las colonias, el agotamiento de las fuerzas productivas, la creciente autonomía de los poderes ejecutivos de Estados cada vez más fuertes, el desarrollo de las formas de control policiaco sobre los ciudadanos, la burocratización de los partidos y sindicatos, las claudicaciones de una intelli­gentzia que ocultaba su conservadurismo apoyando la conciliación social y la revolución cuando ésta había dejado de ser peligrosa…Es el fracaso- de la revolución que había soñado despierto durante los años de guerra.
Orwell interioriza, con esa sensibilidad hacia los signos del auge totalitario --término que entendía en un sentido mucho más amplio que el puramente antiestalinista y, no digamos, anticomunista--, los problemas de su aislamiento político. Se encontraba solo, frente a la clase dominante y contra los aparatos organizados de la clase obrera, y tuvo que mantener un tremendo equilibrio.

Tampoco quiso estar con los que sostenían una lucha abierta en un doble frente, con las minorías revolucionarias. Estaba impedido de toda voluntad colectiva y de una reflexión que no fuera la individual; pero a pesar de todo no es difícil encontrar alguna de las huellas de dos corrientes socialistas que se remitían a dos tradiciones distintas, la de Marx, Lenin, Rosa Luxemburgo, Trotsky, por un lado, y la de Bakunin, Kropotkin, Malatesta, etc., por otro. (2)
Su socialismo estaba ahora cubierto por la inquietud y la zozobra más intensas. En enero de 1946, aprovechando la oportunidad de comentar una serie de libros socialistas en un amplio artículo publicado en el Manchester Evening News, se preguntaba qué había ocurrido con la vieja idea de la «fraternidad humana», que significaba entre otras co­sas la abolición de «la guerra, el crimen, las enfermedades, la pobreza y el agotamiento laboral», y que había sido aban­donada en pro de una sociedad de castas de «un género nuevo en el cual debemos de abdicar de nuestros derechos individuales por la seguridad económica", o sea por un «socialismo tal como él veía en la Rusia soviética y fren­te al cual no parecía contar con ninguna alternativa tras su fiasco con los laboristas. Los socialistas, decía, «no están obligados a pensar que se puede llegar a una sociedad humana perfecta» (éste es el sueño perdido de las utopías primitivas), se trataba simplemente de lograr una sociedad mejor, en la que «lo esencial de los males cometidos por los hombres resulte de los efectos corruptores de la injusticia y de la desigualdad». Pensaba, al igual que los laboristas de izquierda como Tawney, que la base del socialismo sólo podía ser el humanismo, que aunque era compatible con el cristianismo no podía compartir con éste la idea del ser humano como criatura caída (sin embargo, esto es lo que ocurre tanto en Rebelión en la granja como en 1984).
En la lucha entablada entre el maquiavelismo burgués, la burocracia estalinista y la utopía revolucionaria, el no te­nía ninguna duda, era la utopía la que impulsa el progreso: "Si estudiamos la genealogía de las ideas que defienden escritores como Koestler y Silone, podemos ver que se remontan a los soñadores utópicos como William Morris y a los demócratas místicos como Walt Whitman, pasando por Rousseau, por los ingleses niveladores e igualitarios, por las revueltas campesinas de la Edad Media y, antes, por los primeros cristianos y las revueltas de los esclavos en la antigüedad. El «paraíso terrestre» nunca ha podido ser realizado, pero la idea no parece haber perecido nunca, a pesar de la facilidad con que los hombres políticos de todos los colores la han podido destronar. De esto se sobrentiende que podemos hacer cualquier cosa con la naturaleza humana y que ésta es capaz de desarrollarse hasta el infinito. Esta fe ha sido la principal fuerza motriz del movimiento socialista, las sectas clandes­tinas que prepararon el terreno de la revolución rusa incluidas y por lo tanto podemos afirmar que los utópicos, en el presente una minoría desparramada, son los verdaderos defensores de la tradición socialista. (3)
Paradójicamente. Orwell sentía al mismo tiempo una gran desconfianza por las «minorías proféticas», como se evidenciaba de sus continuos comentarios descalificatorios hacia los grupos trotzquistas y anarquistas, y no asumía plenamente las posibilidades de una renovación del socialismo por el simple hecho de que contemplaba la realidad inmediata y el porvenir como situaciones blo­queadas por los aparatos, cuya única función es la de mantenerse en el poder por la mera atracción que ejerce éste. De ahí que al contrario que un Jack London, uno de los grandes antecesores de 1984 con su obra El talón de hierro (4), Orwell no veía la luz al final de su pasillo oscuro y milenario. El pesimismo le jugó una mala pasada y el ferviente utópico escribió la más tremenda antiutopía de la historia.,
Entre todas las obras de Orwell, 1984 fue la de más larga incubación. Su génesis es anterior a Rebelión en la granjay trabajó en ella durante los años de la posguerra hasta concluirla en 1948. Este largo proceso de elaboración permitió que pudiera concentrar en esta novela sus preocupaciones, que durante este período se centraban en un nuevo reparto del mundo y en el nacimiento de una «guerra fría», determinada por un «equilibrio del terror» al que sostenían las grandes potencias gestionadas por unas oli­garquías capitalistas o burocráticas, según el caso, y ante cuyo dominio parecía imposible cualquier alternativa socia­lista y revolucionaria.
No fueron pocos los ex revolucionarios que creyeron que comenzaba un largo período histórico en el que el poder de los aparatos vencería a la historia y detendría las mutaciones sociales. Entre estos notorios pesimistas cabe destacar a extrotkistas como James Burham o Bruno Rizzi (el primero es deudor del segundo, y llevaron evoluciones muy diferente, Burham se convirtió en paradigma de portavoz de la "razón de Estado" norteamericano), a un liberal-socialista como Aldous Huxley ya un ex bolchevique como Yevgueni I. Zamiatin, aunque este estado de ánimo influyó además en amplios sectores que abandonaron la lucha de clases y se instalaron en el confor­mismo socialdemócrata o, dando un giro radical, termi­naron militando en la reacción. Entre estos «renegados» se encontraban un buen número de ex comunistas como Arthur Koestler, Ignazio Silone, André Gide, Richard Wrigth, Stephen Spender, etc. (5), así como un amplio abanico de ex compañeros de ruta como John Dos Pasos, John Steinbeck, Upton Sinclair, y una lista que sería práctica­mente interminable. Al igual que en los años treinta y en pleno apogeo del estalinismo, Orwell volvió a ser una excepción en los inicios de la «guerra fría» manteniéndose firme en sus convicciones, aunque no por ello dejó de reflejar la corriente del momento.
Antes y durante la elaboración de 1984, Orwell recibió múltiples influencias. Entre las primeras cabe mencionar una extensa tradición de novela utópica o antiutópica dentro de la cual cabe destacar la ya mencionada de London, la de William Morris (Noticia de ninguna parte), H. G. Wells (en particular Una utopía moderna), mientras que en las más recientes cabe señalar la de Aldous Huxley {Un mundo feliz) y, sobre todo, Eugene Zamiatin, sin olvidar a León Trotsky y sus escritos sobre el estalinismo. Todas estas influencias eran lo suficientemente hetero­géneas como para formar un cuerpo coherente. De entre ellos, el único que ha sido considerado como su antecedente directo es Zamiatin. Resulta evidente que entre ambas obras existen no pocas similitudes y está comprobado el entusiasmo de Orwell hacia Nosotros (6). Partiendo de este hecho, Deutscher llegó a decir que «la afirmación de que Orwell ha tomado de Zamiatin los principales elementos de 1984 no es la adivinación de un crítico con habilidad para rastrear influencias literarias» y afirmó que el ensayo de Orwell sobre Nosotros, escrito en 1946, era un «testimonio concluyente» de lo que decía.
Deutscher estableció un largo paralelismo entre ambos autores. Los dos fueron revolucionarios, pero con carac­terísticas muy peculiares, a los dos les preocupó el mundo de la clase media y los desastres que conllevaba la indus­trialización. Ciertamente, Zamiatin había sido un revolucio­nario desde 1905, había estado al lado de los bolcheviques en 1917, aunque su ideario político estaba más próximo al de los populistas que querían un socialismo patriótico y agrarista. Su disidencia comenzó sobre todo al rechazar los planes de superindustrialización de Stalin, al que le escribió una valiente carta (7). Fue liberado gracias a los buenos oficios de Gorki. En el citado ensayo sobre Zamiatin, Orwell empezaba diciendo: "Hasta donde yo soy capaz, creo que no se trata de un libro de primer orden. Pero es, ciertamente, desacostumbrado y resulta sorprendente que ningún editor inglés haya sido lo bastante emprendedor para reeditarlo (8)
Orwell entendía que la obra de Huxley, Un mundo feliz «tiene que derivar en parte» de Zamiatin aunque esto no había sido advertido en la época (quizá porque la fama de Nosotros se vería impulsada por 1984). Opinaba que la obra del escritor ruso era superior y más pertinente «a nuestra situación». Orwell se encontraba realmente fascina­do con el universo de Zamiatin, cuyos rasgos son tan crueles como los de 1984. Tampoco Nosotros es únicamente un retrato del país de Ios soviets, lo tomó como modelo para echar una mirada tenebrosa sobre un mundo superindus­trializado en el que los seres humanos están numerados y son vigilados en sus casas de vidrio, y en donde el Estado y el «Benefactor» tienen prohibido el amor y el sexo, algo que fue innato bajo el estalinismo como resulta bien patente en cualquier filme soviético hasta en la fase agónica.
A pesar de toda esta vigilancia, los instintos humanos se encuentran presentes. Los rebeldes cultivan actividades tan «subversivas» como fumar y beber alcohol, y los detenidos son sometidos a una extraña combinación de curación y tortura en la que terminan siempre doblegándose. En opinión de Orwell la obra de Zamiatin comprende mucho mejor que la de Huxley, «el lado irracional del totalitarismo (el sacrificio humano, la crueldad como un fin en sí, el culto de un jefe al que se conceden atributos divinos)...». Huxley no ofrece ninguna razón clara en la explicación de la sociedad que describe: "La finalidad no es la explotación económica. . . no hay hambre de poder, ni sadismo, ni ninguna clase de dureza. Los que están arriba no tienen ningún motivo poderoso para estar arriba, y, aunque todo el mundo es feliz de una manera vacía, la vida se ha hecho tan insustancial que es difícil que tal sociedad pueda mantenerse. (9)
Por el contrario, en la de Zamiatin hay una razón pode­rosa que no es la explotación económica, sino «el hambre de poder, sadismo y dureza» de la casta dirigente. El esquema se aproximaba al de Orwell, que explicó así los propósitos de la dictadura: "El partido quiere el poder simplemente por el poder... el poder no es un medio, es un fin. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer la dictadura. El objeto de la per­secución…El objeto del poder es el poder… "(10)
Según Bernard Crick, el cono­cimiento por parte de Orwell de la obra de. Zamiatin no modificó sustancial mente una elaboración que venía de más atrás y que no fue más que «un grano en su molino». Posiblemente Deutscher haya forzado un tanto los parale­lismos, pero una lectura de ambas obras convence de que la convergencia existe y que afecta a la originalidad de Orwell aunque su libro resulte muy superior al de Zamiatin. Andrés Nin, su compañero del POUM, fue junto con Trotsky el modelo para el adversario número uno del Gran Hermano, (11) aunque intelectualmente no influyó mucho sobre él. Distinto fue el caso de Trotsky, cuyo eco en la obra anterior de Orwell ya hemos señalado.
Deutscher, especialista eminente en temas sobre Trotsky, escribió: “... (Orwell) Preguntaba el porqué, no tanto a propósito de la «Oceanía» de su visión cuanto a propósito del esta­linismo y las grandes purgas. En un determinado mo­mento buscó la respuesta en Trotsky: de Trotsky-Bronstein tomó no pocos datos biográficos, e incluso la fisonomía y el nombre judío para Emmanuel Goldstein; y los frag­mentos de «el libro», que ocupan tantas páginas de 1984, son una paráfrasis patente, aunque no muy lograda, de La revolución traicionada. A Orwell le impresionó la grandeza moral de Trotsky, pero al mismo tiempo desconfiaba de éste, y dudaba de su autenticidad. La ambivalencia de su imagen de Trotsky encuentra su contrapartida en la actitud de Winston Smith hacia Goldstein. Al final, Smith no pue­de poner en claro sí Goldstein y la hermandad existieron alguna vez en realidad, o sí "el libro» no habría sido una falsificación ideada por la propia policía del pensamiento. La barrera entre el pensamiento de Trotsky y él mismo, es una barrera que Orwell nunca pudo romper, era el marxis­mo y el materialismo dialéctico. Orwell encontró en Trots­ky la respuesta al cómo, no al por qué.
1984 es la visión que ofreció Orwell sobre el futuro inmediato que espera a la humanidad, visión que deja entrever una "desesperación ilimitada" (Deutscher). El es­cenario es una Inglaterra dominada por un sistema de «co­lectivismo burocrático» y en la que se pueden encontrar grandes huellas de la URSS de Stalin, pero también de la Inglaterra de su tiempo y de Estados Unidos. Se trata de una dantesca representación de todo lo que a Orwell le disgustaba de la sociedad moderna en la que un hombre como el que describe, convertida en una parte de Oceanía, , nos encontramos con paisajes conocidos: la oscura y triste monotonía de los suburbios obreros, la «mugrienta, tiznada y hedionda» fealdad de un medio ambiente en putrefacción ecológica, el racionamiento de la comida y los controles gubernativos que fueron carta común durante la guerra, la basura de la prensa «que apenas contiene otra cosa que deportes, crímenes, astrología, sensacionales noveluchas baratas, películas encenagadas de sexo», etc.
Una guerra interminable y sin sentido aparente enfrenta a Oceanía, aliada al Asia Oriental, contra Eurasia; la guerra se ha convertido en una acción cotidiana y eterna. El mundo ha quedado reducido a tres bloques en perma­nente conflicto, aunque las alianzas cambian arbitraria­mente de signo: cuatro años antes Oceanía estaba aliada a Eurasia contra un enemigo común que entonces era Asia Oriental. El Ministerio de la Verdad se dedica a divulgar los partes de guerra en los que nunca se puede saber sí se trata de la verdad o de la mentira, por lo demás se insiste constantemente en que nunca pasa nada y en que la normalidad está garantizada.
Las calles están plenas de fotos del Gran Hermano con una nota en la que se dice que éste vigila, señalando su omnipresencia. La vigilancia está garantizada por una Policía del Pensamiento que lo controla todo. No existe la historia fuera de la versión oficial que indudablemente está preparada. Se habla una neolengua y se utilizan palabras como neodecir, viejodecir, mutabilidad del pasado, criminopensar, doblepensar, etc., con las que el Poder adecua la verdad a sus exigencias irracio­nales. Periódicamente tiene lugar una Semana del Odio en la que los ciudadanos están obligados a repudiar a los enemigos exteriores como a los interiores representados por Goldstein y la Hermandad, a los que se les atribuye maldades sin fin; esta Semana sirve al mismo tiempo para reafirmar la fe en el sistema y en su personificación, el Gran Hermano.
En estas condiciones la vida resulta cada vez más sórdida, más sucia, las casas son cada vez menos habitables y están llenas de gente sin intimidad ni vida propia posible. Los ciudadanos se vigilan mutuamente y son los jóvenes, las mujeres y los niños los más fanáticos de todos. El protagonista, como el resto de la gente que conoce, carece de capacidad para mirar hacia el pasado y de controlar mínimamente el presente; simplemente tiene que creer lo que le dicen so pena de convertirse en un disidente. El partido tiene todo el poder y repite insistentemente tres consignas: La guerra es la paz, La libertad es escla­vitud y La ignorancia es fuerza. El gobierno se concentra en cuatro ministerios: el Ministerio de la Verdad, que se encarga de la propaganda y de la creación de un nuevo lenguaje; Nuevodecir, que impedirá cualquier forma de divergencia ideológica, por mínima que sea; el Ministerio del Amor, del que depende la Policía del Pensamiento, que mantiene la ley y el orden y vigila noche y día a la gente; el Ministerio de la Abun­dancia que es el que regula el racionamiento y procura que las necesidades más elementales no falten y, final­mente, el Ministerio de la Guerra. En los ministerios trabajan unos «funcionarios escarabajos» que son los más vigilados.
Entre estos funcionarios se encuentra Winston Smith, que trabaja en el Ministerio de la Verdad. Su cometido se limita fundamentalmente a ir escribiendo la historia de manera que siempre coincida con los intereses y pre­dicciones del partido, así como a hacer desaparecer de los diarios, archivos, etc., los nombres de las personas moles­tas que por una razón u otra deben de ser «vaporizadas». Winston ha ido rebelándose progresivamente contra la autoridad y contra las condiciones de vida que se ve obli­gado a llevar. Con toda clase de precauciones intenta conservar un diario donde escribe sus dudas, sus pensa­mientos y sus sentimientos. Los instintos subsisten en él y al conseguir enamorarse de una mujer, Julia, siente grandes ansias de liberación. Julia engaña al sistema apareciendo cada vez que es necesario como una fanática. Trabaja en otro departamento del Ministerio. Un día hace llegar a Winston un trozo de papel donde está escrito: «Te quiero». Después consiguen pasar unos días juntos y, gracias a la picardía de ella, consiguen hacer el amor al aire libre. Estas relaciones clandestinas resultan muy peligrosas, ya que todas las habitaciones tienen una pantalla de televisión a través de la que la policía puede vigilar cualquier acción. Man­tienen su clandestinidad en un escondrijo sobre la tienda de un viejo anticuario de Charrington, y allí emprenden unas relaciones libres y comienzan a conspirar contra el partido. Sus acciones subversivas son en ocasiones tan inocentes como beber «verdadero café con verdadero azúcar».
En su progresiva y difícil toma de conciencia, Winston frecuenta los prostíbulos y suburbios donde viven haci­nados los proles. El partido pretendía haber «liberado» a éstos en una revolución cuya historia real el protagonista intenta vanamente reconstruir. Sin embargo, el partido no se atreve a hacer acto de presencia en estos lugares donde el alcohol, la lotería, la subcultura y el miedo man­tienen subyugada a la población. Por su parte Winston intuye que los «proles» son humanos y que representan la parte menos enajenada del sistema. Por ello escribe en su diario oculto notas como éstas:
"Si hay alguna esperanza está en los proles
Hasta que no tengan conciencia de su fuerza no se rebelarán, y hasta después de
haberse rebelado, no serán conscientes. Éste es el problema. (12)


Notas
1/. Bernard Crick, George Orwell, une vie, Balland, Paris, 1982, pp. .430.
2/ Al final de su vida, Trotsky no descartaba que en ausencia de una revolución socialista en algunos países --un factor que en su opinión había sido el principal generador del fascismo y del estalinismo--, la humanidad entrara en un "impasse" y conociera una terrible vuelta a la barbarie. De hecho, este pronóstico se ha cumplido aunque sea parcialmente, ya que nunca la barbarie había llegado a amenazar la propia vida en el planeta como en la actualidad
3/. Bernard Crick .o.c.,p.435.
4/ Orwell escribió varios artículos sobre London tratándolo siempre con gran admiración. Esta obra está editada por la editorial Ayuso, Madrid en 1976.
5/ Todos ellos colaboraron en un libro colectivo, El ocaso de un ídolo (5 testimonios sobre el comunismo), Barcelona. Unión de Edito­res Latinos. 1951. En él rechazan en mayor o menor medida su pasado. Una soberbia crítica a los ex-comunistas renegados es la de Isaac Deutscher. Herejes y renegados. Barcelona, Ariel. 1970.
6/ Editada en Barcelona, Seix Barral, 1972.
7/. En ella dice: «El autor de esta carta, un hombre condenado a la pena capital, se dirige a usted con la petición de conmutar esta pe­na. Usted conoce probablemente mi nombre. Para mí, en tanto que escritor, estar privado de la posibilidad de escribir equivale a una condena a muerte. Las cosa han alcanzado tal punto que me resulta imposible ejercer mi profesión, puesto que la actividad de creación es impensable sí se está obligado a trabajar en una atmós­fera de persecución sistemática que se agrava cada año».
8/ Isaac Deutscher, 1984: el misticismo de la crueldad, texto incluido en la citada edición de Herejes y renegados, p. 49.
9/ Id. , pp. 53-54.
10/ Bernard Crick afirma que Goldstein estuvo tan inspirado en Nin como en Trotsky. Encuentra la prueba en el hecho de que Orwell guardaba un trabajo de Bernard D. Wolfe, Civil War in Spain, en el que había un apéndice.The Thesis of Andrés Nin que guar­daba notables paralelismos con el .testamento) de Goldstein en 1984.27. Íd. p.51.
11/ Idem, p. 51.
12/ 1984, Barcelona. Salvat-Alianza, 1970, pp. 62-63.

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